La atracción de los Alpes

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EL Foro Económico Mundial de Davos es un gran negocio. Refleja la necesidad de los ricos y poderosos de reunirse una vez al año con los políticos de moda, en un lugar aislado y seguro. Su carácter cuidadosamente informal -están prohibidas las corbatas- intenta recuperar y reproducir a gran escala las charlas de chimenea que dieron origen a las reuniones del G-7. Por la estación de esquí suiza desfilan todos los que son o quieren ser alguien. Este año no ha sido diferente, aunque ha habido ausencias notables dado el clima de inseguridad dominante.

La situación en Irak y Palestina ha robado titulares a la recuperación económica y se ha firmado el acta de defunción de la Hoja de Ruta. Pero el ambiente económico era claramente optimista. Los mercados financieros están viviendo sus mejores momentos desde hace tres años y hay ruido de salidas a Bolsa y operaciones corporativas importantes. En medio de una cierta euforia tres cuestiones han dominado los debates: el euro, China y el CO2.

Davos ha escenificado la división de opiniones sobre el precio del euro en dólares. La Administración norteamericana no ha disimulado su satisfacción, mientras que a los europeos les empieza a preocupar no tanto el valor actual de su divisa como que continúe su apreciación y que pueda ésta durar mucho tiempo, años incluso. Empiezan a oírse voces autorizadas que reclaman una actuación más decidida del BCE, pero, como no hay voluntad al otro lado del Atlántico, es difícil esperar una actitud concertada de las autoridades monetarias. China ha sido la gran estrella emergente y se ha alabado su capacidad para atraer inversiones y su elevado nivel de ahorro interno, su estabilidad financiera y su flexibilidad laboral. Aunque no todo es brillante, y preocupa la situación de su sistema bancario y la no convertibilidad del yuan, lo cierto es que el papel estelar de ese país contrasta con el silencio y falta de interés sobre Iberoamérica. Los inversores están cansados de promesas incumplidas, de contratos renegociados y de sustos monetarios. Harían bien en tomar nota los mandatarios iberoamericanos, olvidarse de la retórica, remangarse y ponerse a trabajar en atraer inversiones. De lo contrario corren el riesgo de marginarse en la nueva economía global. También se ha hablado mucho del protocolo de Kyoto. Ante la posibilidad de que no llegue a hacerse efectivo, algunas empresas multinacionales y ONG han acordado crear un registro conjunto de emisiones que dará mucho juego mediático en los balances sociales del futuro.