EFE  Barenboim, dirigiendo en Granada
EFE Barenboim, dirigiendo en Granada

ASOMANDO LA CARA

CLÁSICAFestival de GranadaSchoenberg: «Erwartung». Mahler: «Sinfonía núm. 1

ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE
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Medio centenar de espectáculos ha presentado este año el Festival de Granada. Como es costumbre alrededor de la ópera, de la danza y el flamenco, del café-concierto y del recital, de la música antigua y de la sinfónica. También es ya habitual la presencia de Daniel Barenboim, quien, junto a la Staatskapelle Berlín, protagoniza los tres conciertos de clausura. El viernes, en el primero de ellos, sonó la música de Schoenberg y Mahler. Para los demás queda también la de Mozart, con el propio director al piano, y la de Wagner con parte de su «Tristán».

Trágico y misterioso, «Erwartung» quiere dibujar un escenario irreal a la narración de aquella que, en medio de la noche, encuentra el cadáver de su amante. Música sin asideros, atemática, seca, de la que queda como única certeza la voz de la protagonista. Y Angela Denoke ha demostrado, en el siempre sugerente escenario del Palacio de Carlos V, que lo es de verdad. Por su fluido lirismo, seguridad en los registros, claridad en la pronunciación y extensión vocal. Por su pulcra sustancia antes que por la espesura de la expresión, por su noble apostura frente a la locura del «encuentro». Schoenberg en bandeja de plata.

Será porque Denoke explica en su biografía que Daniel Barenboim es su «mentor artístico». Quizá ahí esté la clave de su interpretación, pues el maestro ha demostrado, en este concierto granadino, que camina hacia una pureza de estilo más inclinada a recrear el oído que a perturbar el ánimo. Con «Erwartung» amalgamando timbres, rodeando a la protagonista sin soliviantarla. Luego, ante la primera sinfonía de Gustav Mahler, todo quiso comenzar siendo una mirada lejana, un exquisito despertar de la naturaleza, algo frío, convincentemente esteticista.

Siempre, Barenboim caminando por el filo, conteniéndose ante el regusto de la agitación. Quiso que su orquesta ofreciera sonoridades atractivas y lo consiguió. Algo menos que demostrara ser una agrupación impecable. Lo importante es que, con todo, la obra fue a más y que, tras el transparente primer movimiento, vino un segundo de cara lavada, un tercero finalmente trazado y un cuarto con detalles de encomiable grandeza, inteligente y poderoso. Creció poco a poco la sinfonía «Titán» y con ella la espectación ante las inmediatas actuaciones de Barenboim. Granada tiene derecho a soñar con una clausura a lo grande.