EDUARDO  SAN MARTÍN  -José Luis: ¿es cierto que ETA tiene ahora en sus arsenales más pistolas que cuando iniciasteis la negociación de su entrega de las armas?
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Asilo educativo

UN padre catalán quiere que sus hijos estudien en castellano en una escuela de

Por Eduardo San Martín
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UN padre catalán quiere que sus hijos estudien en castellano en una escuela de su comunidad. Una pretensión bastante sencilla, ¿no? Nada de eso; más bien una excentricidad, a juzgar por los hechos. Porque lo que cualquier observador inocente consideraría una demanda razonable, que es además lo que prescriben la Constitución española y el Estatuto catalán -el de antes y el de ahora-, resulta en la práctica imposible de satisfacer. De forma que Jesús Ruiz Marín, que así es como se llama el infortunado protagonista de esta historia, ha debido recurrir a un alambicado subterfugio para salvar las trampas de un sistema que condena al ostracismo a una de las lenguas oficiales de Cataluña.

El recurso ideado por Jesús Ruiz resulta de una complejidad difícil de desenmarañar, lo que pone de manifiesto la firmeza de su propósito. Consiste básicamente en empadronar a sus hijos en comunidades castellanohablantes, Castilla-La Mancha y Andalucía en concreto, para asegurarse allí el derecho a una enseñanza oficial en su lengua y provocar más tarde un traslado a Cataluña que obligue a la Administración a solucionar el problema de unos niños ya escolarizados en el idioma materno.

Qué despilfarro de esfuerzos y de tiempo para conseguir lo que ningún sistema público de enseñanza debería haber negado a papá Ruiz, ni en Cataluña ni en la Conchinchina. Las leyes españolas establecen la gratuidad de la enseñanza hasta los 16 años, pero a este ciudadano le va a costar un riñón la educación itinerante de sus hijos. El padre, que se siente estafado por un sistema intransigente y cateto, ha calificado su iniciativa de «asilo educativo». Y eso es precisamente de lo que se trata: de un catalán que debe extrañarse de su tierra para ejercer un derecho básico que no le garantiza el gobierno de una comunidad en la que el idioma de su elección es tan oficial como el otro.

El de este padre obstinado es un ejemplo más de hasta qué extremos de sectarismo y ridiculez puede llegar un sistema educativo cuya fragmentación asegura escasamente la igualdad que proclama la Constitución en su artículo 14, pero dificulta el cumplimiento de algunos de los principios enumerados en el 27 para que esa enseñanza fomente «el pleno desarrollo de la personalidad en el respeto a los principios democráticos de convivencia»; un sistema obsesivamente atento al tañido del campanario y que emite, tal vez por esa misma razón, señales de una ineficacia estruendosa. Mientras los zelotes de la limpieza lingüística en las escuelas se cuidan muy mucho de conseguir la uniformidad absoluta, la calidad de la enseñanza en España se aleja cada vez más de los estándares de la Unión Europea. Que se enseñe todo, y a todos, en la misma lengua, o sea en la nuestra, aunque lo que enseñemos, y cómo lo enseñemos, aproveche más bien poco a nuestros alumnos. Ese parece ser el paradigma educativo en algunos de nuestros territorios bilingües.

Y lo cierto es que a ellos, a nuestros chavales, les aprovecha más bien poco. Lo certifican los informes Pisa cada tres años. En el de 2003,enfocado en la enseñanza de las Matemáticas, los estudiantes españoles de secundaria ocupaban el puesto 23 entre los 30 países de la OCDE en la resolución de problemas simples, y una cuarta parte de ellos no alcanzaba un nivel mínimo de conocimientos, mientras que sólo uno de cada cien se situaba entre los mejores. En mayo pasado, el coordinador de Pisa para España, Ramón Pajares, avanzaba los resultados del informe de 2006, centrado esta vez en el estudio de las Ciencias, y los resultados eran aún más decepcionantes que los de 2003, que ya empeoraban los de 2000. Por cierto, hace tres años, los alumnos castellanos salían mejor valorados que los de Cataluña y País Vasco. ¿Pura coincidencia?

El país del mundo que obtiene los mejores resultados es Finlandia, cuyo programa educativo «cabe en un folleto», según el responsable internacional de Pisa. Un país también bilingüe (el sueco es oficial, aunque sólo lo habla el 8 por ciento de la población) en el que, sin embargo, no se juega con las cosas de comer.