Asesinato (republicano) de M. Bueno

POR IGNACIO RUIZ QUINTANO
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UN dandy es un hombre bien vestido que no tiene deudas.

Y Ruano cierra los ojos, doloridos, dice, sólo de imaginarlo a él, a Manuel Bueno, tan aprensivo, tan delicado, tan dandy, muriendo a empujones y golpes de una canalla vil en la que su ingenuidad no quiso creer cuando ambos hablaban de noche sin saber que era una de las últimas noches de su vida extraordinaria, derrochada, hoy sin recuerdo en la memoria de las gentes.

Bueno es un David Niven con bastón, el bastón con que la casualidad, que es la décima musa, quiere que manque a Valle-Inclán en el Café de la Montaña.

-Bueno -dice su amigo Juan Ignacio Luca de Tena- es un cínico que se complace en contar a los amigos cosas que no le favorecen, la mayoría de las cuales no son verdad.

Bueno escribe en periódicos de izquierda hasta que con Primo de Rivera se pone a escribir para América elogios del general, y sus ex correligionarios lo obligan a expatriarse. Luca de Tena lo encuentra en París, y le suelta: «¿Sabe usted lo que se atreven a decir de mí? Pues que Primo de Rivera me paga cinco mil pesetas por artículo. ¿Qué le parece a usted...? ¡Tres mil, querido Juan Ignacio, tres mil!» Después escribirá para ABC sus prodigiosos artículos.

Primo de Rivera había encarcelado a Marañón como sospechoso de conspiración. Cuando sale, Torcuato Luca de Tena, fundador de ABC, lo invita a almorzar en «Molinero» y lleva a su hijo Juan Ignacio y a Bueno. El comedor está vacío, aunque hay otra mesa preparada. Al rato entra Primo de Rivera con su séquito. El general saluda: «¿Qué tal, Torcuato...? ¿Y usted, Manolo...? ¡Hola, Juan Ignacio!» Nadie sabe qué hacer. Y el dictador, cordial, dice: «El doctor Marañón, ¿verdad? Tengo mucho gusto en conocerle.»

-Y Manolo Bueno se desmaya. Pero se desmaya de verdad. Y el general, mi padre, el doctor y yo tenemos que darle aire con las servilletas para que vuelva en sí.

Ruano hace mucha amistad con Bueno, que vive en la calle de Gaztambide antes de irse a Barcelona al Paseo de San Juan. Si viene a Madrid, se queda en el Hotel Bristol de la Gran Vía. Allí, Bueno, que tiene voluntariamente cerrados los ojos a la esperanza, le dice a Ruano, que nunca los ha abierto tanto al milagro:

-No tengo sistema. Aquí, donde todo hombre habla de su sistema, yo no sé qué es eso. La vida me lleva adonde quiere y hace tiempo que creo que he perdido y vivo de unos pobres restos de lo que puede ser.

Bueno interviene de padrino de Ruano en un duelo de éste por culpa de su amante la condesa de E., que juega con él, con un caballero calderoniano y con un discípulo de Sacher-Masoch. A Bueno lo ve Ruano la última vez en Barcelona, quince días antes de la guerra civil, volviendo Ruano de Madrid, donde ha estado una semana, camino de Roma. Se hospeda en su casa.

-Aquí, Ruanito, no pasa nada. Y aunque pase, ¿quién quiere usted que se meta con gentes como usted o como yo? ¿Hay seres más inocentes?

Ruano le dice que se equivoca. Pero Bueno parece el hombre más confiado del mundo.

-¿Somos algo más que unos proletarios de la pluma y unos proletarios mal pagados? ¿Quién nos puede hacer nada?

-Cualquiera, Manolo. El primero que llegue.

Pocos días después, a Ruano lo busca la República para asesinarlo, idea entusiasta del diario «La Tierra», a cuyo director tratará luego en París como si no hubiera pasado nada.

-Uno no se explicaba estos odios entre profesionales. Después, por comodidad interior, he procurado seguir sin explicármelo. Que un compañero denuncie y procure nuestro asesinato lo llena a uno no de ira, sino de profunda estupefacción entristecida.

En Barcelona, unos asesinos progresistas sacan a Bueno de su piso y lo matan republicanamente. Por dandy. Porque el dandy, explica Ruano, irrita lo no imaginativo que hay en las masas, y el que sea testigo de la estulticia general con su pupila irónica saca de quicio a la gran bestia.