Asensio

Por Alfonso USSÍA
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Cuando se hacen y logran tantas cosas en tan pocos años, uno corre el riesgo de morirse joven. Eso le ha pasado a Antonio Asensio, que de un modesto taller de fotograbado pasó a crear y presidir un imperio. Era el editor de mis libros —Ediciones B—, y lo mejor que puedo escribir de él es que era mi honrado editor. No es fácil esa apreciación en un mundo donde el escritor es tratado con frecuencia, como una pulga útil. Se decían de su forma de ser y actuar muchas cosas y más mentiras. Pepe Oneto me llevó hasta él y conocí a un señor de pies a cabeza, con una capacidad asombrosa para oír y atender, y una generosidad abierta, bondadosa y en ocasiones, ingenua. Su gran orgullo y su gran herida fue Antena-3 de Televisión. Pero su hazaña en el periodismo se llama «El Periódico de Cataluña», que en pocos años se colocó en cabeza de la prensa catalana y hoy mantiene su liderazgo.

Los que trabajan en su casa aseguran que jamás dejó a nadie desamparado y sin ayuda. Tenía aspecto de jugador, y lo era. Arriesgaba siempre, y llevaba el riesgo al límite de lo soportable, pero sabía resistir y terminaba por ganar. Las peores experiencias le vinieron de la política, que jamás le consideró como un creador de miles de puestos de trabajo, y sí como un advenedizo peligroso y excesivamente libre. En «Interviú», entre mujeres desnudas, firmaron las más variadas y encontradas plumas del momento. «Tiempo» era y es su publicación de prestigio, y cuando adquirió la Editorial Bruguera, que sería posteriormente Ediciones B, se empeñó en considerar a sus autores como parte fundamental de su desarrollo. Ese espíritu permanece intacto.

Tomó el tren de la Transición, no en el primer vagón, sino en la máquina misma. Y también supo lo que era descarrilar. En su vida familiar, eso tan raro, fue un tipo ejemplar. Todo era discutible, excepto su familia. Ese sentido de lo familiar es lo que debe animar a sus hijos y sobrinos a mantener su obra desde la pluralidad y la independencia.

Cuando se sintió herido por el tumor cerebral que le ha llevado a la muerte, ya había formado un equipo para sucederle. Su recuerdo y su sombra están bien rodeados de personas competentes y leales.

Del casi nada levantó un rascacielos de talentos y talleres. Cuando le quitaron su juguete preferido, la televisión, quedó tan rico como despistado. Siguió fundando medios de comunicación, y soñando aterrizajes imprevistos, pero aquel disgusto debilitó su alegría por el trabajo, que era como su alegría por la vida. Porque Antonio Asensio no podía separar una cosa de la otra. Un día me confesó que sus mejores negociaciones las había llevado a cabo a altas horas de la madrugada. Para triunfar, a lo primero que hay que hacer frente es al cansancio y al sueño.

Cuando supe de la edad de Antonio Asensio, no me lo podía creer. Como todo hombre que le quita espacio a la vida su fecha de nacimiento carecía de importancia. Para mí, que parecía mayor. Como era un apasionado, la enfermedad también se comportó apasionadamente contra su existencia. Lo intentó todo, pero esta vez su resistencia estaba quebrada. Ignoro si la muerte le sobrevino en la madrugada, esa hora que tanto le acompañó en su trabajo diario.

Lo que está claro es que se ha ido un grande del papel impreso, del libro y de la imagen. Su vacío está defendido, pero la obligación de quienes lo guardan es la de resistir. En ellos depositó su confianza cuando las madrugadas se convirtieron en horas interminables de tubos, sueros, un mismo horizonte y un amanecer que ya no importaba.

En lo que a mí respecta, ya lo he escrito. Mi experiencia personal y profesional con Antonio Asensio ocupará siempre un lugar preferente en lo más positivo y agradable de mi memoria. La última vez que hablé con él, con Pepe Oneto de testigo, me dijo que estaba feliz por ser mi editor. Hoy le respondo que yo también lo estoy porque lo siga siendo. Te deseo el mejor descanso, Antonio.