Antifascistas

HERMANN TERTSCH
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Se reúnen bajo antorchas, queman libros y ataúdes y, de momento de forma simbólica, también a sus adversarios. Piden la muerte de sus enemigos y comprenden las «causas profundas» del terrorismo. Sus héroes son asesinos. Acallan a gritos, pedradas y amenazas toda voz discrepante. Su vanguardia sale a la calle con porras, navajas, cascos y cócteles molotov. Se sienten víctimas de un Estado que les tolera casi todo pero no puede darles lo que piden. Se proclaman oprimidos, luego con todos los derechos que sepan tomarse. Los hay con o sin barniz nacionalista. Son fanáticos de la religión del agravio. Y se llaman «antifascistas».

Para el izquierdismo son los chicos de la ira sagrada. Descarriados en sus métodos. Como los etarras para Arzallus. Como maltratados por el capitalismo, se les comprende y jalea. Pero no hablemos hoy del odio, la necedad y el culto al agravio sembrados aquí. Vayamos a Grecia. Un joven muere por un disparo cuando acosa con sus camaradas a una patrulla policial. El autor del disparo dice que actuó en defensa propia. Según los «antifascistas», el policía quería matar. Ha bastado que ardieran en Atenas unas decenas de tiendas y coches para que el Gobierno griego acobardado detuviera al policía. De nada ha servido. En 24 horas, los «antifascistas» han paralizado diez ciudades y se tambalea el Gobierno electo. Aquí, la prensa izquierdista habla de «revuelta popular» por la muerte del «antifascista». Miente. La revuelta popular se producirá si el Gobierno no impone el orden. Millones de griegos están a merced de unos miles de vándalos totalitarios. Imaginen un escenario así aquí. Los «antifascistas» en la calle y las instituciones, cuatro o cinco millones de parados y centenares de miles de inmigrantes desesperados, unidos a la causa del «agravio». La memoria histórica podría convertirse en añoranza.