Añoranza de país

FERNANDO FERNÁNDEZ
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LA idea de que el Gobierno se había puesto finalmente serio y que había empezado la segunda era reformista del socialismo español ha durado lo que han tardado en salir las primeras encuestas. Anotado el daño electoral, ¿qué esperaban?, ha vuelto la demagogia. Blanco, convertido en vicepresidente portavoz por incomparecencia de las titulares, no encuentra mejor sitio para hacer política que un programa de variedades que confunde el griterío con el debate y la descalificación personal con la confrontación de ideas. El presidente se divierte jugando con la opinión pública, anunciando subidas de impuestos para los ricos cuando considere oportuno, confundiendo a los pensionistas y entreteniendo a los sindicatos con subvenciones mientras se instala en la superioridad moral del «yo no quería pero me han obligado los especuladores».

Todo un programa de gobierno que demuestra su propia incapacidad. Incapacidad para entender lo que está pasando en Europa, que es sencillamente la constatación de que el euro es incompatible con un país que ha construido un Estado del bienestar descentralizado e ineficiente por encima de sus posibilidades y con una Europa que pretende ignorar la disciplina de la globalización. E incapacidad para entender el oficio de político, que no es ser el sumo sacerdote de las causas nobles -de buenas intenciones están los cementerios llenos- sino el líder responsable y posibilista que enfrenta los problemas de cara y sin esconderse. Y pensar que había hecho fortuna considerarle el Maquiavelo de León. La voluntad, como el valor en la mili, se les supone a los políticos. Lo que se les exige, por lo que se les vota, es por sus resultados. Como nos pasa a los mortales en nuestro trabajo y le está pasando a la economía española en los mercados. Y si nos atenemos a ese juicio, no ha sido una buena semana. El Tesoro no ha podido colocar toda la deuda pública que pretendía, a pesar de pagar más del doble que el año pasado y llevar muy atrasado el programa de colocaciones necesario para no tener problemas de liquidez.

A estas alturas ya nadie puede tener dudas de que estamos ante un gobierno fracasado, que sólo está esperando que acabe cuanto antes la presidencia europea para tener una excusa para renovarse, ¿con qué mimbres?, y sacar a pasear toda su demagogia. El menú está servido. Tendremos lucha de clases, que paguen los ricos, una nueva versión de anticlericalismo, ley de libertad religiosa, y más antifascismo, que nadie subestime la capacidad de Garzón en La Haya, aunque algún día tendrá que explicar cómo se compatibiliza la protección de los derechos humanos con la presunta prevaricación y con la negación del derecho a la defensa de los detenidos sin un a priori sectario tan afín a nuestro presidente. Pero lo que no habrá es recuperación económica, ni empleo.

Escribo desde Bakú, con la perspectiva que da la distancia y una lectura superficial de la prensa por internet con problemas de acceso a la red. Un país que me recuerda tanto al nuestro que debo estar demasiado obsesionado y necesito relajarme. Lleno de grúas y pisos sin vender, coches de lujo y restaurantes donde sirven comida de diseño y reciben críticas cariñosas en la edición de fin de semana del Financial Times. Un país enganchado al petróleo del que apenas le quedan unos cuantos años de reservas y con un discurso grandilocuente y carente de toda realidad sobre sus posibilidades de futuro en la economía del conocimiento. Pero los dólares circulan en abundancia y el personal disfruta gastándose una riqueza ganada sin esfuerzo mientras el sistema político se asegura que nada cambia. Quiero pensar que la crisis ha acabado con la complacencia, pero luego escucho al presidente y ya no sé si es el nuestro o el suyo. Hasta que miro la Bolsa y me puede la morriña.