¡Ánimo, Garzón: a por Obama!

TOMÁS CUESTA
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SI el señor Barack Obama fuese un gobernante más experimentado sabría que la decisión de no echar el cerrojo al chiringuito carcelario de Guantánamo le puede salir cara... Pero que muy cara. Obama (por supuesto y por-su-puesto, porque el cargo no es gratis) tiene que hacerles frente a los brutales matarifes de la peste islámica. Y a los paranoicos como Ahmadineyad y sus fantasmagorías nucleares. Y al caudillismo en crudo del compañero Chávez. Y a Vladímir Putin, que está obcecado en ser un híbrido entre Iván el Terrible y Catalina la Grande. Por no hablar del batacazo financiero ni del cambio climático; de la ruina presente y el gorigori a medio plazo.

Los retos antedichos, sin embargo, son grano de anís y moco de pavo. Lo peligroso es que se desprenda del caparazón seráfico y aplique esa sentencia de Pascal que determina que quien pretende comportarse igual que un ángel le acaba dando alas al diablo. ¿Así que los terroristas a Guantánamo y al que le pique que se rasque? ¡Pobre Barack Obama! Seguro que la CIA ha vuelto a meter la pata y ni siquiera le ha avisado de que en Madrid (Spain) hay un grupo de jueces dispuestos a encausarle en menos de lo que tarda un cura loco en santiguarse. ¿Bromea o qué?, preguntaría John McEnroe, a riesgo de incurrir en desacato.

De bromas, nada. En los mentideros de la Audiencia Nacional circula el rumor de que, en efecto, el magistrado Baltasar Garzón estaría estudiando la posibilidad de meter en cintura al presidente yanqui una vez que ha quedado en evidencia que, bajo la piel «café noisette», no esconde un alma blanca. Obama, a fin de cuentas, les ha hecho la pirula a los propagandistas de la paz y la palabra. En la timba de Washington siguen pintando bastos aunque Sacamantecas Bush no reparta las cartas. Y los americanos, después de engatusar a medio mundo con afectos fingidos y falsas esperanzas, son lo que han sido siempre: americanos.

Pero Garzón, por suerte, no es hombre que se arredre, se acoquine, o se raje. Si no le dolieron prendas por llamar a capítulo al cadáver de Franco, ahora no va a arrugarse al desenmascarar la hipocresía del supuesto colega planetario. La única razón plausible que justificaría no demoler Guantánamo es repetir la imagen del «gang» de las Azores con sus protagonistas enfundados en un mono naranja. De no ser así, el peso de la infamia recae enteramente sobre Obama y todos los defensores del imperio de la ley miran expectantes hacia España. El nombre del juez Garzón corre de boca en boca, de Kabul a Bagdad, de Riad a Karachi. Es la contraseña de los humillados.

Ánimo, pues, don Baltasar que la ocasión la pintan calva. A poco que indague alcanzaría a establecer que hay prisioneros que descienden de los moriscos sublevados en las Alpujarras. Demuestre al sopetón, ya que le tildan de liante, que es capaz de liarse la manta a la cabeza y liar la de Dios en un momento dado. Entorne los ojos e imagine el espectáculo. El «Air Force One» aterriza tras cruzar el Atlántico y, a continuación, su señoría -o sea, usted, con la toga impoluta y las puñetas recién almidonadas- se dispone a tomar declaración al imputado. ¿No experimenta acaso el hormigueo que a un cazador de pelo en pecho le electrifica las entrañas?

Déjese de monterías con Bermejo, de muflones sosainas y venados de granja. ¡A por Obama! Menuda pieza, oiga. Mayestática.