Del amor y otros demonios

Por IGNACIO CAMACHO
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EL amor es eterno mientras dura, escribió el gran Vinicius de Moraes en una lúcida tarde de efímera pasión carioca. Cioran, que era un tipo cenizo y nihilista, prefería prescindir de sentimentalismos románticos y dejó dicho que el amor era tan sólo un intercambio de fluidos. Muchas parejas lo convierten al cabo de la convivencia en un intercambio de reproches, y en el mundo de cierta sociedad rosa parece haberse convertido en un simple intercambio de exclusivas.

Martin Scorsese hizo una bellísima película sobre la soledad del desamor, y la tituló «Alicia ya no vive aquí», una frase que en la vida real no es difícil escuchar, con desabrida prosodia, al otro lado de una llamada inoportuna a casa de un matrimonio roto. A falta de la correspondiente sección de ecos de sociedad, en el mercado de la prensa rosa se han puesto de moda los comunicados que anuncian los divorcios y separaciones con la frialdad de un acta mercantil de disolución. Y algo de mercantil hay en el asunto, porque en ciertas esferas de popularidad los sentimientos sostienen un próspero mercado de compraventa de novedades.

La intimidad de una minoría selectiva, arbitrariamente compuesta por los llamados «famosos», lleva tiempo convertida en objeto de consumo por un público masivo que anima sus rutinas de estabilidad siguiendo los avatares, ciertos o ficticios, de los personajes de una escena pública en cuya cuarta pared se alinean millones de ojos que todo lo devoran, desde las civilizadas rupturas elegantemente comunicadas con una escueta nota, a la alharaca mercenaria y exhibicionista del creciente petardeo audiovisual y su intenso ruido de barraca de feria.

Ocurre que cuando el amor como espectáculo y el desamor como noticia generan dividendos millonarios, es fácil trucar el guión para que no se detenga la fecunda industria de la sentimentalidad. Así, los antiguos matrimonios de conveniencia -los que celebran personas que no se convienen en absoluto, según la definición clásica- acordados por razones económicas, familiares o dinásticas, han derivado en uniones superficiales financiadas por las publicaciones «del corazón», que extienden progresivamente su competencia hacia otras vísceras con menos prestigio.

No sólo el matrimonio produce dividendos: divorcios, infidelidades, adopciones, maternidades e incluso malos tratos conyugales se han convertido en materia prima de una poderosa maquinaria productiva que procesa los acontecimientos íntimos para convertirlos en bienes de consumo, sea cual fuere la naturaleza de sus orígenes.

¿Y el amor? Bueno, eso estuvo alguna vez en el origen de todo esto. Debió de ser hace mucho tiempo, antes incluso de que Marilyn Monroe dijera, con un mohín marca de la casa, que amor era lo que sentía cuando alguien le ponía en el dedo una sortija de un millón de dólares.