El amor y la guerra

Por IGNACIO RUIZ QUINTANO
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LAS guerras, como las comedias fáciles, tienen que terminar en boda. Eso pensaba Pemán, y llevaba más razón que un santo, si el santo es John Le Carré. Porque las guerras de ahora terminan pronto y mal, es decir, en nada útil, salvo para los pacifistas, quienes, gracias a ellas, pueden seguir siendo pacifistas. Son guerras que, cuando terminan, no saben cómo terminar, y entonces empieza otra. La del Golfo, sin ir más lejos.

Los americanos de Bush padre fueron a Irak y vencieron. Tenían dos opciones: matar el rato leyendo a los poetas mesopotámicos o, hartos de dátiles y moscas, volverse a casa, que fue lo que hicieron. ¿Eso es imperialismo? Ya sabemos que no, aunque el progresismo trasañejo prefiere decir que sí porque el progresismo trasañejo, para continuar siéndolo, necesita soltar chascarrillos hegelianos, y conocida es la prodigiosa aptitud locomotriz del chascarrillo.

Imperialismo habría sido que Bush padre hubiera apuntalado su conquista imponiendo el casamiento de Bush hijo con alguna hija de Sadam, príncipe de los pobres, y ahora el mundo entero estaría hablando de otra cosa. Hablaría, por ejemplo, de los encuentros de intelectuales de Bagdad, que llevarían sombrero tejano, con intelectuales de Nueva York, que llevarían tarbús islámico, para canjear papiros de «Las mil y una noches» por los «Estilos radicales» de Susan Sontag. Hablaría, en una palabra, de imperialismo, que es intercambio de novias, lenguas y pensamientos, por este orden. «¿Para qué sirve una guerra si los soldados vencedores no se pueden casar con las chicas derrotadas?»

Precisamente por su falta de afición al imperialismo, helos ahí otra vez, a los americanos, con el petate al hombro para marchar a la guerra. Los europeos, ronroneando dengues morales, permanecen a la expectativa. «Rapidito y sucio», susurran los buitres en el oído del águila. A este obsceno chau-chau lo llaman Consejo de Seguridad de la ONU. Si los Escipiones hubieran dependido del Consejo de Seguridad de la ONU, Numancia no sería Numancia, pero los españoles tampoco serían españoles. Si acaso, unos iberos con entrecejo. Y sin españoles no habría panarabistas ni latinoamericanistas, que es como decir que no habría intelectualidad, que aquí, el intelectual que no vive de panarabista, vive de latinoamericanista, dos oficios que son el fruto de dos amores que son el fruto de dos guerras: la Conquista y la Reconquista.

Caramba, con la Reconquista. Parece que fue ayer cuando don Rodrigo, que andaba por Pamplona intentando someter a los vascones, fue avisado de que en el Estrecho desembarcaban hombres de faz tostada y con las cabezas vendadas como si estuvieran heridos en la frente. Era el comienzo de setecientos años de cachetazos, que son los años y los cachetazos exigibles para la eclosión de una fraternidad. Goytisolo no se explicaría sin don Rodrigo.

Los latinoamericanistas, en cambio, se explican perfectamente sin Colón, que el único documento que llevaba en latín, el hombre, era una carta de los Reyes Católicos para el Gran Khan. De hecho, se explican incluso sin América. La «raza latina» es un chascarrillo de los franceses, que después de Sedán necesitaban una dosis de imperialismo cultural -el verdadero imperialismo- que llevarse a la boca. Con eso, Francia se apropiaba de la conquista de América como hoy pretende apropiarse de la liberación de Europa.

Porque el latinismo francés no significa más que «sombreros de París», en oposición a los «cascos con pincho» que se le suponían al germanismo y a las «boinas Pedrito» que se le suponían al hispanismo. El latinismo, que entró por Cataluña, prosperó de tal modo entre los cursis españoles que, en menos que se persigna un cura loco, todos nuestros hispanistas se hicieron latinoamericanistas, aunque los indios, cuando se emborrachan, siguen jurando por Fernando VII. Y en español.