Amenazas

Eduardo San Martín
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Nos encontraremos ante una crisis institucional de verdad si el Parlamento de la Nación acepta la propuestas del legislativo catalán sobre el Tribunal Constitucional; o si éste se hace el harakiri como le reclama el nacionalismo multicolor desde el antiguo Arsenal de la Ciutadella. De lo contrario, ruido e intimidación, fuegos de artificios y brindis al sol; gestos condenados a lo puramente virtual si las fuerzas políticas mayoritarias no pierden los nervios. La duda reside en saber si el PSOE aguantará el tirón. Si lo hace, los partidos catalanes habrán añadido una frustración más a las muchas que ya acumula el pueblo de Cataluña desde que Maragall convenciera a Zapatero de que era el momento de meterle mano al diseño territorial por la gatera de las reformas estatutarias, cuando nadie, ni siquiera en Cataluña, reclamaba tal cosa.

No nos jugamos la democracia en los desafíos nacionalistas, ni en las deliberaciones del TC, ni en las peripecias procesales de un juez. Si no nos volvemos locos todos. Nos la jugamos en la colas del paro, en la debacle fiscal y en los cementerios de empresas. Las amenazas para el futuro de España como país no se encuentran en las proclamas de un parlamento autonómico ni en las dificultades para sustituir a los magistrados del TC. Tampoco en el revisionismo histórico de unos trasnochados que, como afirmaba el jueves Javier Solana en la entrega del premio Fernando Abril a la Concordia, vuelven la vista atrás atrás porque no tienen futuro al que mirar.

Un país solvente puede convivir con tentaciones centrífugas y con fantasmagorías nostálgicas; pero no puede hacerlo con casi cinco millones de parados, con cuatro de cada diez jóvenes desempleados, con una deuda total que suma tres veces lo que producimos en un año y con un Gobierno empeñado en colocar tiritas sobre la cornada en la femoral que nos ha dado la crisis.