Alfonso XIII en el centenario de su reinado

Por Carlos SECO SERRANO, de la Real Academia de la Historia
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Al iniciarse el año 1902, un jovencísimo Alfonso XIII escribía en el Diario que estrenaba ese día: «En este año me encargaré de las riendas del Estado, acto de suma importancia tal y como están las cosas, porque de mí depende si ha de quedar en España la Monarquía borbónica o la República...Yo espero reinar en España como Rey justo. Espero al mismo tiempo regenerar a la Patria y hacerla, si no poderosa, al menos buscada, o sea, que la busquen como aliada. Si Dios quiere, para bien de España».

El Monarca adolescente trazaba así, en esta especie de prólogo escrito, las líneas generales de lo que podría conducir, durante su inminente reinado, a la regeneración de la patria, como réplica a un presente inquietante: el de un Estado en crisis, tras el desastre ultramarino. Desde un punto de vista interno, el tratamiento a fondo de la «cuestión social», tal como acababa de iniciarlo Eduardo Dato; la atención a los primeros chispazos de un regionalismo secesionista (el «ultraje a la bandera»: ya en 1893 los seguidores de Sabino Arana habían quemado una enseña nacional en el País Vasco); el fortalecimiento del Ejército y la reconstrucción de la Escuadra liquidada en Cuba; el urgente remedio de la corrupción administrativa. Desde el punto de vista exterior, la restauración del prestigio de España. Entendía su misión de Rey como la del motor impulsor de la obra necesaria: «Yo espero... poder regenerar la Patria... pero también puedo ser un Rey que no gobierne, que sea gobernado por sus ministros , y, por fin, puesto en la frontera». Hay que añadir que a esa noble ambición regeneradora -el anhelado resurgimiento de la grandeza patria- supeditó incluso su interés en cuanto Rey. Cuando -en el triste crepúsculo del 14 de abril de 1931- un cortesano halagador le pronosticó su pronto regreso, replicó: «Espero que no habré de volver, pues ello solamente significaría que España no es próspera ni feliz». Ya muchos años antes había manifestado a Azcárate: «Es tal mi amor a España, que si mañana se proclamase la República, yo ofrecería a la República mi espada».

Hoy -cuando la distancia temporal permite una valoración justa de lo que fue aquel primer tercio del siglo que acabamos de dejar atrás- cabe afirmar que el reinado de Alfonso XIII (1902-1931) cubre, sin duda, una de las etapas más brillantes de nuestra época contemporánea. En 1930, meses antes de la proclamación de la República, escribía Salvador de Madariaga en su conocido ensayo España: «Bajo Alfonso XIII, España llega a ser nación industrial, alcanza el mayor nivel de población desde época romana, retorna a adornar el mundo de la cultura, que casi había abandonado desde que con tanto esplendor brilló en el siglo XVI, vuelve a plena participación en la política internacional durante la guerra europea y al abrirse la cuestión de Marruecos; reconquista espiritualmente la América que había descubierto, poblado, civilizado y perdido y, por último, ve grandes problemas sociales y nacionales surgir en su vida interior y estimular su pensamiento político» (Madariaga había de ser muy pronto figura descollante en la República). Ya en la fase final del siglo XX, el inolvidable Pedro Laín -no exactamente un entusiasta del Soberano: resto, sin duda, de su pasado falangista- reconocía noblemente: «Suele hablarse del salto de la vida española en los treinta años que separan a 1975 de 1945, y se olvida ponderar el que entre 1900 y 1930 había dado...» «El Rey se fue, y con él se hundió la Monarquía de Sagunto. Pese a tantos y a tan graves contratiempos -Semana Trágica, defenestración de Maura, asesinato de Canalejas, huelga revolucionaria de 1917, asesinato de Dato, guerra del Rif, malogro de la Dictadura-, el progreso de España había sido durante su reinado, sin exagerar una tilde, sensacional...» (Descargo de conciencia, pp. 96 y 99).

Y sin embargo, durante años y años, la figura de Alfonso XIII ha venido padeciendo, en general, una «mala prensa». El mito antialfonsino, al fin y al cabo, podía ser lógico bajo la República que acababa de derrocarle -por su supuesta traición a la democracia: la aceptación de la Dictadura (aunque cabía recordar que a su advenimiento, el régimen del marqués de Estella contó con el apoyo entusiasta de la inmensa mayoría del país)-. Pero es el caso que, con otro tono, siguió siéndole adverso el franquismo, precisamente por todo lo contrario: por su carácter de Rey liberal y democrático. Ya ese repudio desde dos extremos antagónicos, puede ser la mejor valoración de un Monarca que se había esforzado, durante todo su reinado, en integrar y no dividir: que, de acuerdo con la esencia de la institución que encarnaba, quiso siempre reinar sobre todos los españoles: y tal sería la consigna que en su testamento transmitió a su sucesor de derecho: consigna plenamente lograda bajo el reinado de su nieto.

Ya durante su reinado sería víctima de las injustísimas acusaciones de los «jóvenes mauristas» -no exactamente de Maura-. Aquellas campañas guiadas por el despecho llegaron a tales extremos, que el propio Lerroux hubo de comentar: «Hace muchos años que los monárquicos se pasan la vida torpedeando al Rey... Los republicanos nos hubiéramos contentado con derribar la Monarquía... Los monárquicos, cuando no les sirve, la deshonran...»

Pero las grandes acusaciones en desprestigio del Rey vinieron desde la activa propaganda de Indalecio Prieto (y siento recordarlo, porque Prieto demostraría luego sus propias calidades de estadista). Primero, el intento de convertir a Alfonso XIII en culpable de la catástrofe de Annual -el famoso telegrama a Silvestre: leyenda hoy desmentida por los investigadores que han podido probar que ese telegrama no existió nunca; luego, haciéndole responsable y artífice de la Dictadura. Documentalmente he demostrado la falsedad de la imputación: Alfonso XIII se limitó a asumir una realidad: que la inmensa mayoría del país apoyaba a Primo de Rivera, quien, por su parte, había llegado a poner al Rey ante esta alternativa: o aceptaba los hechos consumados, o renunciaba a seguir reinando. Y al caer la Dictadura, en la campaña inicua que provocó el hundimiento del trono, la nueva acusación de Prieto: los supuestos «negocios sucios» del Rey; la supuesta francachela corrupta en que, según él, se resumía la Dictadura. El libro excelente de Guillermo Gortázar -Alfonso XIII, hombre de negocios- ha acabado definitivamente con tales infundios, ya desmentidos por la comisión parlamentaria que trató de «condenar» a Don Alfonso en las Cortes Constituyentes de la II República y que no pudo conseguirlo -pero silenció esta realidad.

En cuanto a la visión tópica de un Rey frívolo, entregado a sus placeres con olvido de sus deberes, la opinión de los personajes más próximos al Rey se vuelve contra ella. Dos grandes dolores hicieron de Alfonso XIII «un ser profundamente desgraciado», tal como supo verlo Cambó: el de su descendencia marcada por la maldición de la hemofilia, dolor que destruiría incluso aquel matrimonio por amor con la bellísima Victoria Eugenia de Battenberg; y el dolor, mayor aún, de no poder hacer nada por España cuando toda su voluntad, su pasión, su intuición de hombre de Estado trataban de sobreponerse a los errores políticos de los partidos oligárquicos.

Esperemos que en este año centenario, la Historia documentada haga por fin justicia a un Monarca que los franceses, agradecidos a su cruzada humanitaria durante la llamada Gran Guerra, definieron como Roi chevalier de la charité.