Alfonso Guerra lo tiene claro

Por M. MARTÍN FERRAND
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Alfonso Guerra es un personaje de la vida pública española al que no se puede despachar con un sarcasmo o un desdén. Ha sabido construir su propia figura y eso no es poco en una nómina en la que tanto abundan los muñequitos de guiñol. A Guerra no se le puede meter la mano por los bajos y moverle a conveniencias del espectáculo. Cuando acompañó a Felipe González en las tareas de Gobierno estaba «de oyente» y ahora, en su Aventino del Guadalquivir, anda «de mirón». Asiste, supongo que entre divertido y perplejo, a la evolución camaleónica del PSOE. De vez en cuando, ya muy curado del populismo que le infectó como un sarampión, saca la cabeza por la ventana de la actualidad y esculpe alguna declaración sentenciosa. Ya no le cuelgan de las palabras, como hace veinte años, una pedante vanidad protagónica y no parece sentir, como hace quince, ninguna tentación patrimonializadora del poder.

A mitad de camino entre el teatro y el socialismo, en sus días vicepresidenciales y entre bastidores del mecanismo organizativo de la calle Ferraz, Alfonso Guerra asumió el papel de «malo» para que Felipe González pudiera lucir en el de «bueno». Ahora, cursado ya el doctorado de los fracasos, Guerra está sereno. Primero se quitó la pana y después la megalomanía. En un gesto de lúcida humildad y en pleno ejercicio de señorío, ha dicho que el PSOE debe dar apoyo al ex ministro de Interior José Barrionuevo y al ex secretario de Estado para la Seguridad Rafael Vera tras su condena por el «caso Marey». No acepta el si te he visto no me acuerdo que tratan de aplicar los recién llegados a la responsabilidad rectora del PSOE.

Consciente de que no se pueden ir dejando cadáveres en las cunetas de las autopistas del poder, Guerra ha citado a Napoleón: «Un ejército que no recoge a sus heridos y entierra a sus muertos, no es un ejército, es una partida». Así es en verdad. Barrionuevo, Vera y los demás condenados o condenables en el feo asunto GAL, no actuaron por su cuenta y Guerra, contra corriente, les recuerda a los suyos la obligación moral, que no contractual, que el partido de los socialistas tiene contraída con quienes fueron cabecera en el reparto de papeles de trece años de poder.

El asunto es más incómodo que polémico. El pasado de los excesos aplasta la actual escasez de José Luis Rodríguez Zapatero y su equipo de averías; pero, inevitablemente, está ahí. No se puede zanjar con un olvido mientras los actores de aquella negra función padezcan los efectos de unos hechos que, sin dejar de ser suyos, se proyectan en la memoria del viejo partido y de sus anteriores rectores. Tienen que recoger los heridos, cambiar sus vendajes y reconstituirles con sopa caliente y comprensión fría. Ir dejando capítulos abiertos en la historia es absurdo, desleal y, sobre todo, inútil. La memoria, que tiende a ser descortés, se encargará todos los días de tocar el cornetín de los recuerdos. El PSOE debe cerrar ese balance de su trecenario en La Moncloa. También por la propia dignidad del partido como, en un paréntesis de su forzado retiro, recuerda el que parece ser mejor guardián de la rosa socialista. Aunque le pinchen las espinas.