El álbum de la propaganda

POR M. MARTÍN FERRAND
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ADOLFO Suárez recibía en La Moncloa, especialmente cuando la ocasión era solemne, en un salón con columnas y decorado como para interpretar una comedia andaluza de los Hermanos Álvarez Quintero. Felipe González cambió el teatro por el cante e, instalado en la bodeguilla del palacio, estuvo más cerca del «Corral de la Morería» que de las solemnidades presidenciales. A José Luis Rodríguez Zapatero se le ha ocurrido instalarse, según se ve en las fotografías de su pintoresca e incompleta reunión con líderes del sistema financiero, en un espacio blanco y desangelado, pretendidamente minimalista, que bien pudiera ser la sala de espera de una clínica dental especializada en implantes.

Asumido el principio, propio de los socialdemócratas que se llevan por Europa, de que los banqueros son más importantes y merecedores de consuelo que sus clientes y/o víctimas, está muy bien que Zapatero se reúna con ellos. Mejor hubiera estado una lista más cabal y completa; pero, aun con la riqueza pictórica de las paredes, la escena es paupérrima y, si de lo que se hablaba era de desactivar temores frente a la crisis, se ha conseguido el efecto contrario al pretendido. La ausencia de Pedro Solbes y de Miguel Ángel Fernández Ordóñez, el vicepresidente que no alienta y el vigilante dormido, le quitó enjundia simbólica al conventillo; pero, sobre todo, el que sobre la inmensa mesa blanca, capricho de decoradores con ínfulas de grandeza, no aparezca ni una taza de café, ni tan siquiera un vaso de agua, acentúa el dramatismo gráfico de la crisis. Una reunión de siete personas en la que no hay asientos equiparables para todos está más cerca de un fuego de campamento juvenil que de una consulta con especialistas sesudos.

No sé qué se dirían los unos a los otros. Ya nos ha acostumbrado el zapaterismo -tan hueco, tan estéril- a que la información sea sólo un amago, una apariencia; pero podría ser que se hubiera reproducido, en lo que a las consejas respecta, una vieja historia jerezana. Uno de los sucesivos sires de Chesterfield, no sé si el sexto o el séptimo lord, padecía gota. El ácido úrico no le dejaba vivir y le mantenía en vilo de dolor y angustia. Un mercader de vinos, establecido en Jerez y en Oporto, mayorista en Londres, le contó al lord las glorias de un oloroso con capacidad taumatúrgica para aliviar las penas de la gota. El noble inglés, después de aplicarse dos o tres dosis de tan singular remedio, respondió al vinatero: «He probado su jerez y, francamente, prefiero la gota».

Si conociéramos el principio activo de la receta que Zapatero les dio a sus invitados de cajas y bancos, podríamos sacar alguna conclusión y podría hacerlo, sobre todo, Mariano Rajoy que es a quien ahora le corresponde pasar por la galería fotográfica monclovita. En lugar de escribir páginas para la Historia hacemos fotos para el álbum de la propaganda.