El ajuste «sexy»

IGNACIO CAMACHO
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LA explicación más desconcertante de la congelación de las pensiones es la de que se trata de... ¡un gesto publicitario! Sostiene Zapatero que los mercados reclamaban providencias rápidas y contundentes para respaldar la deuda y que la decisión de dejar ateridos a los pensionistas es uno de esas medidas «que se entienden a la primera»; al menos, así se lo explicó a Rajoy cuando trataba de obtener su apoyo. Es decir, que bien se podían ahorrar 1.500 millones de otra manera, pero el Gobierno necesitaba un guiño propagandístico que hiciese creíble su plan ante los alarmados socios europeos, y le pareció que ninguno tendría impacto más seguro que el de cargarse la precaria subida de los jubilados. Zapaterismo puro: nada maneja mejor este presidente líquido que la política gestual, la escenificación de apariencias, la categorización de las anécdotas. Sólo que en esta ocasión se trataba de una anécdota bastante cruel, inoportuna y desconsiderada.

Si ésta es la verdadera razón de ese recorte -y resulta bastante verosímil en la lógica eminentemente publicitaria de este Gobierno- estaríamos ante el paroxismo de la superficialidad simbólica que caracteriza el lenguaje político del zapaterismo. Un guiño para la galería, como el de hacer ministra del Ejército a una Carmen Chacón embarazada o el de quedarse sentado ante la bandera estadounidense. Un desaprensivo mcguffin en el guión de una política trivial que necesita de reclamos, espejismos y señales para divulgar su liviano mensaje. Una mueca cínica con la que reforzar el spot de un cambio de estrategia. Un mohín discursivo para volver el ajuste «más sexy», como decía aquel asesor de Tony Blair que exageraba los informes sobre Irak para presentarlos más sugerentes a la opinión pública.

Zapatero necesitaba un tijeretazo sexy, sugestivo, prometedor, con el que aplacar a Merkel, Sarkozy y Obama, cuya frase sobre la marea negra de Louisiana -«¡tapen ese maldito agujero!»- parecía pronunciada al teléfono de la Moncloa en la ya célebre conversación imperativa sobre la reconducción del déficit español. Y le pareció que anular la financiación extra regalada a las autonomías -11.000 millones, la mitad del total del ajuste previsto-, o reducir los fondos sin fondo de partidos y sindicatos -más de 600 millones/año-, o adelgazar la red de empresas públicas estatales, o expurgar el sumidero de subvenciones oficiales, no iban a parecer medidas lo bastante seductoras para contener la airada presión de los prestamistas ante su derroche desmadrado. Necesitaba algo más terminante, más claro, más inmediato y fácil de entender. Las pensiones, claro.

Y las congeló. Como el que redacta un anuncio, como el que acuña un slogan, como el que posa para una foto. Que de eso se trataba al fin, de retratarse ante Europa como Zapatero el austero, Zapatero el frugal, Zapatero el ahorrador. Una mera pose, un gesto. Una siniestra propaganda.