AGUIRRE, LA MUJER Y LA DERECHA

Por César ALONSO DE LOS RÍOS
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EL triunfo de Esperanza Aguirre en las elecciones de Madrid es la última prueba de que la derecha española se ha puesto definitivamente en la vanguardia de la liberación de la mujer. A partir de ella, de Luisa Fernanda Rudi, Loyola y Ana Palacio, Pilar del Castillo, Ana Pastor, Celia Villalobos, Isabel Tocino, Teófila Martínez, Elvira Rodríguez, Ana Birulés, Soledad Becerril, María San Gil, Ana Mato y tantas... ha dejado de ser tan cierto como era hasta hace bien poco que «ser mujer suponga estar instalada en una posición, personal y social, que implica sujeción, cuando no obediencia» (François Giroud).

A partir de esta oleada de políticas se viene abajo el tópico de la izquierda como garantía del feminismo.

«Marquesa», le llamaban Rafael Simancas y compañeros, y no creo que por odio de clase (en el fondo pocas cosas les seducen tanto como los títulos nobiliarios a los que se jactan de representar al «pueblo») sino por su incapacidad para aceptar que las mujeres de la derecha luchen, estén en la carrera del poder, manden a equipos de hombres y jueguen al golf... En una palabra las gentes de izquierda podrían aceptar que «sus» chicas, su Ruth Porta, pudieran negar la definición del hombre como ser instalado en una posición que implica poderes, pero ¿cómo aceptarlo en las mujeres de la derecha?

POR todo esto es especialmente interesante el triunfo de Esperanza Aguirre. Pertenece a esta nueva generación de mujeres españolas a las que no les ha importado meterse hasta el cuello en el más arriesgado de los oficios masculinos, como es el del poder político, a pesar de que es el que requiere el empleo más intenso de los atributos masculinos y, por lo mismo, es el más expresivo de la liberación de la mujer.

Por ello también la herida mayor que estas mujeres producen en determinados machos es su forma de realizar esa tarea: no abandonan los componentes que tienen que ver con la imagen de lo «femenino». No les perdonan que se maquillen en los aeropuertos, en la mesa de la emisora, ante el espejito del coche. Conturban. Perturban. Ponen.

LO que no perdona la izquierda es que las ejecutivas de la derecha sean capaces de reconciliar la ambición de poder con las concesiones a lo tradicional, incluido lo familiar. «Marquesa» le decían en Pinto y Parla. Intentaban abrir el foso de clase cuando lo que les resultaba insoportable era la nueva vía de liberación de la mujer que estaba proponiendo la derecha española. En los últimos días de la campaña electoral, Simancas abrió un frente de clase. Pretendía representar en Esperanza Aguirre a la mujer de la calle Serrano cuando, en realidad, lo que intentaba era tapar la carrera profesional de la candidata, las oposiciones de una madre joven a cuerpo de alto funcionariado del Estado, la dedicación correosa a una concejalía oscura, la lucha por la enseñanza de las Humanidades ya como ministra de Educación, que tantos enfrentamientos le produjo, incluso en el interior del propio partido.

¡Qué lejos el prototipo femenino de la derecha con el que jugaba Simone de Beauvoir. Realmente, del siglo pasado!