Academia

JONJUARISTIYO profeso cariño a la Real Academia Española. Es un invento de

POR JON JUARISTI
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YO profeso cariño a la Real Academia Española. Es un invento de inspiración francesa que no le ha venido mal al castellano, todo lo contrario. Pertenece al orden del diseño cartesiano de la nación, que trajeron consigo los Borbones y contribuyó decisivamente a convertir el desmadre de la España postimperial en una comunidad política más o menos homologable con nuestro vecindario europeo. Si el archiduque Carlos hubiera ganado la Guerra de Sucesión, hoy no tendríamos selección española de fútbol ni, lo que es peor, una figura como Luis Aragonés en el panteón de los héroes de la Patria.

Todos los escritores hemos despotricado de la Academia en nuestra juventud, con impía sinrazón (una de las soflamas más antiacadémicas que recuerdo la escribió el hoy venerable académico Pere Gimferrer cuando era poeta novísimo). Que los jóvenes la zarandeen, creo yo, fortalece y prestigia a la institución, porque aquéllos envejecen y mueren sin haber llegado, en su mayoría, a ocupar un sillón con letra, y la Academia permanece y publica ediciones revisadas del Diccionario.

A la Academia la tienen frita últimamente, desde el Gobierno y desde la Oposición, exigiendo unos que admita los neologismos paranoicos de Bibiana Aído, si no a la propia Bibiana como animal de compañía, y otros, que se sume a los manifiestos de la izquierda antinacionalista. Y, claro, a su dirección, como diría mi ex ministra socialista favorita, me la ponen en un membrete.

Me parece que la Academia es hoy uno de los ámbitos menos castizos de la cultura española, cosa que el personal no entiende y, por eso mismo, se escandaliza. Al contrario que las academias e institutos de las lenguas periféricas de España, la Española no se propone encabezar procesos de normalización lingüística ni suscribir campañas de rotulación vernácula en los grandes almacenes. Le pasa un poco lo que a las aristocracias en tiempos democráticos: conservan algunas funciones, más o menos relacionadas con la pureza de la tradición ganadera y vitivinícola, pero no la de dirigir al pueblo en armas. Por mera prudencia, la nobleza europea ha ido ausentándose de los ejércitos y de las castas políticas desde la Revolución Francesa (o desde un poco antes, según Tocqueville). Con la Real Academia Española ha sucedido otro tanto.

Y es que no está la civilización occidental como para que los académicos puedan esperar comprensión desde el poder político, mande quien mande. ¿Se imaginan al director de la Real Academia explicándole a la ministra de la Igualdad que el español es una lengua policéntrica en la que no cabe dar curso oficial, así, por las buenas, a un indigenismo tartesio como fistro o a un idiotismo mentecato como miembra, sin reunir antes el pleno de la Federación de Academias de la Lengua Española, incluida la Guineana, de reciente creación? Y es que los políticos, de esas cosas tan complicadas, no saben nada.

Hace algunos años, asistí, en la sede de la Real Academia, a un banquete vegetariano en honor de la entonces primera dama y hoy presidenta de la República Argentina. El anfitrión, don Víctor García de la Concha, anunció que se serviría un vino de la Rioja, cuna del castellano, y la señora Kirchner aplaudió emocionada: «¡Qué detashe tan conmovedor y fraternal! ¡Un vino argentino!». Pues bien, nadie me negará que, si Bibiana Aído fuera una maceta, doña Cristina sería un bosque frondoso. Así y todo, a ver quién es el guapo que le explica a semejante lumbrera lo del español como sistema policéntrico.

La única maniobra seria para implicar a la Real Academia Española en la contención de los nacionalismos lingüísticos se debió al genio combinado de don Ramón Menéndez Pidal y don Alfonso XIII, que crearon, bajo el Directorio de Primo de Rivera, dos sillones nuevos para los curas Azkue y Alcover, los que más guerra daban con la normalización del eusquera y del catalán, respectivamente. Pero, entonces, hasta los nacionalistas tenían cierto sentido reverencial de la cultura. No parece censurable que la RAE trate de preservar su virginidad política en esta época de infame behetría, que diría Jovellanos.