Se acabó la fiesta, Timonel

HERMANN TERTSCH
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NO hay mejor afición -y más barata- que gastar el dinero de los demás. Y si se puede, a espuertas y comprando favores y sumisión. Así se hicieron imperios de todo tipo. De naciones, de compañías multinacionales y de chiringuitos más o menos cutres. Porque el dinero, en sí siempre anónimo, da mucho de sí. Aquí, en este nuestro maltratado país, alguna ministra dijo en un arranque de sinceridad inusual que el dinero público no era de nadie. Pero en realidad lo que pensaba es lo que todos sus correligionarios socialistas. Piensan que es suyo. Así lo tratan y gastan al menos. Ahora les ha pasado algo inesperado. Les ha sucedido algo que en su semicultura plenianalfabeta y dehesa, monolingüe, provinciana y primitiva, no se le había pasado por la cabeza. Estaban convencidos nuestros muchachos y muchachas en el Gobierno que fuera se piensa igual que en esta anomalía en que han convertido de nuevo a España. Pues va a ser que no. En otros países, donde aÚn existe una cultura del rigor y la probidad, no se pueden hacer cosas que aquí son impunes. Creo que la presidencia española, de la que tanto se prometía nuestro presidente, no para hacer nada sino humo para su electorado, ha generado por el contrario muchísima claridad. Al menos fuera de nuestras fronteras. Que aquí el CIS nos cuenta que la diferencia entre socialistas y la única oposición, por llamarla de alguna manera, haya caído a 1,5 puntos puede ser mentira como tantas cosas. O verdad, porque donde no hay no hay, y las luchas no están para ser dirigidas por indolentes.

El hecho es que en otros países en los que la democracia y la sociedad civil existen realmente y desde hace mucho tiempo, los contribuyentes -auténticos ciudadanos conocedores de sus derechos y menos fáciles de intoxicar con basura mediática gubernamental- piensan y saben que tener una moneda común con países como Grecia o la España de Zapatero es una insensatez. Y reclaman sensatez a sus Gobiernos. Los resultados de las elecciones en el estado de Renania Westfalia, donde una canciller Angela Merkel -cuya política no tiene alternativa en su país- ha perdido diez puntos de su partido democristiano (CDU) por ayudar a financiar una vía de salvación para un país de finanzas-basura y gestión inepta y corrupta como Grecia, son un toque de aviso. Para navegantes y peregrinos. Se acabó la fiesta. Los alemanes -no sólo ellos- están ya hartos de pagar aventuras irresponsables como la griega de treinta años y la española de los últimos seis. Ayer, después del batacazo electoral en Renania Westfalia, el mayor estado federado de Alemania, Merkel dejó claro que se han acabado las bromas. Y que España y Portugal no pueden jugar con la moneda común como juegan con sus finanzas, con su déficit y sus electores. Hasta hace muy poco era impensable que algún país fuera expulsado de la zona de la moneda común del euro. Hoy tampoco es probable, por complicado. Pero ya es en Berlín o París, asumible, llegado el caso. Lenin, ese héroe de la libertad del gurú de los derechos humanos que es para nuestro Gobierno Santiago Carrillo, hubiera dicho ¿Sto dielat? (¿Qué hacer? en ruso). Pues aquí nadie tiene respuesta a Lenin. Ni sus amigos que lucharon por la libertad en aquella supuesta idílica república democrática y humanista, casi siempre en la retaguardia. No en trincheras en el frente, sino en sacas de presos y creación de fosas comunes. Hemos vuelto a donde quería el abuelo inventado. A hablar del pasado mientras Merkel y Sarkozy buscan fórmulas para neutralizar el peligro que representamos no ya para nosotros, sino para su propia seguridad y bienestar. En fin, hablamos demasiado del pasado, vive Dios. En el presente acabamos de tener otras elecciones además de las de Renania Westfalia. Gran Bretaña tiene que formar Gobierno. Tres partidos sin mayoría han de buscarlo. Lo que está claro es que ninguno quiere compartir destino con nosotros. En el Reino Unido, nadie. En Alemania y Francia son cada vez menos. Mala señal. Para nosotros por supuesto.