David Gistau

Abril

Si la Montaña disponía de un Robespierre o un Marat, la Plaga ha de apañarse con Colau & Ribó

David Gistau
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El auge de lo que Federico llama «la Plaga» ha agravado un fenómeno muy descorazonador para nosotros los girondinos, republicanos de Planicie: el secuestro ideológico de la república por parte de siglas cada vez más extremistas, delirantes, autoparódicas y antiespañolas. Ni siquiera tienen la estatura letal de los jacobinos porque, si la Montaña disponía de un Robespierre o un Marat, la Plaga ha de apañarse con Colau & Ribó y el flamear carnavalesco de una farsa donde la guillotina es alegórica y se aloja en el mismo hemisferio cerebral que segrega las fantasías eróticas. Felipe VI tendría motivos para envidiarle a Capeto la calidad de sus enemigos: no puede ni concebirse quedar en la posteridad porque Ada Colau te envió al exilio, eso sería peor, en términos de jerarquía histórica, que no haber remontado al Wolfsburgo.

Comprendo que esto no tiene por qué interesar mucho en ABC. Pero otras veces me he quejado de que, en España, el advenimiento republicano permanecerá bloqueado mientras la república siga achicada por una prolongación/reinterpretación revanchista de la Guerra Civil y por un compartimento ideológico al que no apetece precisamente pertenecer, pero que se apropió de ella. Y, al hacerlo, ahondó la idea de que había que tomar partido, o por la República, o por España, como si se tratara de conceptos incompatibles: doy por superados los tiempos de canibalismo español en que Foxá pudo decir que España sería una teocracia militar o no sería (dejémonos de joder, Foxá el primero). La república sigue por tanto presa de una circunstancia histórica en particular -o de su interpretación, o de su irradiación de rencor- que le impide consagrarse, a la francesa, como un sistema no ideológico en el que conviven partidos distintos y la jefatura de Estado emana de las urnas. Más allá de que sea una república presidencialista o una en la que el presidente es un entrañable viejito ignoto y más o menos honorario que, como Sandro Pertini en el palco del Mundial 82, apenas puede aspirar más que a hacerse querer como abuelo colectivo y a poseer una «auctoritas» que sirva de asidero estabilizador cuando el Parlamento colapsa.

A este preocupante cuadro de síntomas que ya venía padeciendo la república se agrega ahora su degeneración a manos de la Plaga. Que ha convertido la república en el eufemismo de muchas cosas feas, entre las cuales está la supuesta legitimidad del independentismo, que de pronto se pretende una continuación del republicanismo de los años treinta. A este paso, la etiqueta republicanista pronto servirá hasta para acoger a Otegi en la única vertebración posible para esta alianza de tribus dispersas y contradictorias que es, y aspira a ser, la Plaga. Comprenderán que así no hay forma. Si el anhelo de república lo gestiona Ada Colau, yo me alquilo el esmoquin para el brindis tradicional en los Cavia. Bueno, tampoco es eso, que mi parte francesa luego se ríe de mí.

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