¿HAN ABDUCIDO A AZNAR?

Por Juan Manuel DE PRADA
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INTERPRETO la visita de Aznar al rancho tejano de Bush como un nuevo episodio de su particular calvario de inmolaciones. Después de que, durante su última comparecencia parlamentaria, refrenara el énfasis tremebundo de anteriores declaraciones con un discurso que parecía apartarse de la senda fervorosamente belicista propugnada desde allende el Atlántico, Aznar ha vuelto a las andadas. En su adhesión sin reservas a Bush vuelvo a percibir en Aznar una pulsión autodestructiva, una actitud ininteligible que, a falta de una designación patológica más concreta, podríamos designar -siguiendo a Edgar Allan Poe- «demonio de la perversidad». Aislado de la realidad social española, desenganchado de la política interior desde que pusiera fecha de caducidad a su mandato (y nadie sabe mejor que él cuánto daño ha hecho a su partido y a los intereses generales con ese anuncio absurdamente prematuro), Aznar se ha arrojado con ímpetu suicida a las procelosas aguas de los «conflictos planetarios», asumiendo un liderazgo que evidentemente no le corresponde, en un ejemplo arquetípico y angustioso de lo que se denomina «huida hacia adelante». Ni el poderío bélico español -más bien enclenque-, ni nuestro ascendiente sobre la comunidad de naciones -que describiremos como secundario, por pudorosa piedad- se compadecen con el protagonismo un tanto descarriado y altisonante que Aznar ha asumido en esta crisis. Los amigos alemanes con los que estos días me carteo electrónicamente me demuestran su incisivo conocimiento del idioma español refiriéndose a Aznar con la expresión ensañada de «escuderito de Bush»; expresión que me aflige por lo que tiene de injuriosa pero, sobre todo, porque define cierta percepción internacional creciente, que nos ve a los españoles como comparsas de un entierro en el que deberíamos haber portado velas más discretas. Pero Aznar parece obcecado en sostener el cirio que encabeza el desfile. O, lo que aún resulta más doloroso, en poner las manos a guisa de palmatoria, para recoger la cera ardiente que Bush derrama.

Pero no quisiera insistir en esta incongruencia, demasiado notoria, entre el relieve modesto de nuestra nación en el concierto mundial y el protagonismo desaforado que pretende asumir nuestro presidente; los anales del despropósito lo incorporarán, sin duda, a su relato. Más humorístico se me antoja el acento que Aznar imprimió a sus declaraciones, durante la rueda de prensa celebrada tras su reunión tejana con el presidente Bush. Comprendo que esta afirmación puede parecerles fruto de una alucinación lisérgica a las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan, pero... ¡el caso es que Aznar hablaba con acento americano! La fuerza sugestiva que Bush posee (¿usará argucias hipnóticas?) se manifestaba en ese acento que masticaba las vocales como si fueran chicle y añadía inflexiones foráneas al pulcro castellano que hasta ahora había exhibido Aznar. Escuchándolo, quedé paralizado por una perplejidad que se ramificaba de escalofríos. Al poco, recordé aquellas películas de marcianos de los años 50 -de Don Siegel a Ed Wood-, en las que los invasores del espacio exterior se adueñaban de los cuerpos de los terrícolas, infiltrándose en su mente mientras dormían, borrando su memoria y convirtiéndolos en marionetas de sus designios; aunque su envoltura carnal seguía siendo la misma, los infectados eran autómatas al servicio de la conspiración alienígena. Y nadie notaba el escamoteo, salvo los niños que seguían mirando la realidad con ojos limpios...

He colocado a mi hijita Jimena ante el televisor, mientras Aznar proseguía su parla aderezada de soniquetes yanquis. Instantáneamente, se ha tapado los ojos y ha empezado a sollozar.