Las mujeres sirias se asoman a la tradición italiana para revitalizar su campo
Las mujeres sirias se asoman a la tradición italiana para revitalizar su campo - EFE
OCHO AÑOS SUFRIENDO LAS CONSECUENCIAS DE LA GUERRA

Las mujeres sirias se asoman a la tradición italiana para revitalizar su campo

Este atípico viaje de estudios ha sido coordinado por el movimiento internacional Slow Food, que busca preservar el patrimonio agrícola y la biodiversidad desde una alimentación sostenible

Roma Actualizado: Guardar
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Enfrascadas durante los últimos ocho años en cómo salir adelante en un país en guerra, siete mujeres sirias han ido a buscar consejos al otro lado del Mediterráneo, exactamente al norte de Italia, donde el cultivo de productos similares pueda inspirarles de vuelta a casa.

Afaf Jafaar vive en un pueblo de la provincia de Hama, en el centro de Siria, y con sus cinco hijos se encarga de cultivar y secar higos, una tradición antigua ya que son los únicos frutos que da la tierra en esa zona.

La interrupción de los mercados como consecuencia del conflicto y las malas condiciones meteorológicas han hecho mella en la agricultura del país, donde numerosas mujeres han compensado la falta de mano de obra masculina.

«No hemos podido vender a nuestros clientes y muchos comenzaron a comprarnos la mercancía a precios muy bajos», indica Jafaar en conversación con Efe.

Hace unas semanas, en Italia, han aprovechado unos días para aprender a organizar mejor la producción y nuevos métodos de conservación basados en el control de la humedad y la temperatura.

Entre las actividades que más le han sorprendido destaca la de los quesos, como el Robiola di Roccaverano, un producto con denominación de origen elaborado con leche de cabra en la región de Piamonte.

Este atípico viaje de estudios ha sido coordinado por el movimiento internacional Slow Food, con sede en Italia y que ha incluido en la ruta visitas a varios de sus proyectos, con los que busca preservar el patrimonio agrícola y la biodiversidad desde una alimentación sostenible.

Las mujeres sirias, procedentes de distintas áreas rurales, han podido así asomarse a la producción de mantequilla del valle del río Elvo, la miel de alta montaña, el cordero Sambucano –raza que da una carne de mucho sabor- y el ajo de Vessalico, una pequeña aldea de la región de Liguria donde su cultivo es completamente manual y biológico.

También se han interesado por el aceite de oliva virgen extra, en especial Adla Hasan, propietaria junto a su familia de un millar de olivos en la provincia siria de Tartus, ubicada en la costa mediterránea.

«Estos años no ha habido producción de aceite de oliva y he tenido que desplazarme a 25 kilómetros de mi casa para trabajar en una fábrica de nailon», asegura. Ahora que ve lo que otros agricultores artesanales son capaces de hacer en Europa, expresa el deseo de «volver a Siria para poner en práctica lo aprendido y enseñar a otras mujeres para que mejore la situación económica en la zona».

Otras de las visitantes se dedican a la elaboración de miel, mermeladas, encurtidos, pasta de tomate y otros alimentos.

Patrizia Epifania, experta de la Organización de la ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO), que también ha colaborado en el proyecto, detalla que están «apoyando a las agricultoras sirias a mejorar sus habilidades», ya que «a menudo carecen de los conocimientos esenciales y de las oportunidades de acceder a los mercados con un poder de negociación fuerte».

«Es importante que mejoren la calidad de sus productos respetando los estándares básicos para que el mercado los acepte, mientras se salvaguardan los valores tradicionales y los métodos de producción de sus lugares de origen con el fin de aumentar los beneficios de la venta y ayudar a sus familias», sostiene.

Salvando las diferencias de idioma y de contexto, los productores de los dos lados del Mediterráneo se han encontrado hablando de productos y formas de procesarlos muy similares, así como de negocios familiares transmitidos de generación en generación en áreas rurales de acceso limitado.

«Compartimos el aceite, el trigo, los higos, las uvas… Para ellas han sido muy útil observar cómo pueden procesar esos productos en pequeña escala pero con éxito», apunta la coordinadora de área de Slow Food Nazarena Lanza.

El siguiente paso será incluir a las integrantes del grupo en la red mundial de agricultores locales de Slow Food para que puedan seguir compartiendo experiencias, entre otras maneras de valorizar lo que hacen en sus territorios, abrirse al mundo y dejar atrás la crisis.