El agua, principio de todas las cosas
El agua, principio de todas las cosas - BARCA

El agua, principio de todas las cosas

Nuestra agricultura o nuestra gastronomía mundialmente reconocidas están fundadas en el riego

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De nuestro patrimonio natural nada resulta tan atractivo y necesario como el agua. Decía Leonardo da Vinci que «el agua es la fuerza motriz de la naturaleza». Y es así, no habría vida sin agua. Y no dispondríamos de los alimentos suficientes sin el riego. Y no gozaríamos en nuestros bosques y dehesas sin el agua natural que reciben. Son nuestros ríos, torrenteras, arroyos, cascadas, lagunas, presas, cañones, pozas, fuentes, etcétera los que dan vida a nuestro «capital natural», a nuestra naturaleza y dentro de ella a nuestra agricultura. Y no olvidemos que nuestra sociedad es una gran consumidora de naturaleza.

Además, nuestra agricultura, nuestra exportación y buena parte de nuestra potente industria agroalimentaria, nuestra positiva balanza comercial agraria y nuestra reconocida mundialmente gastronomía hoy están fundadas en el riego. Sin los sectores frutícola, hortícola, vitivinícola, olivarero, etcétera, basados en muy buena medida en el riego, nuestra producción final agraria no sería nada. Hoy somos una potencia agraria en el mundo y en la UE gracias a nuestras tierras regadas, gracias al agua.

Tan importante son las aguas de nuestro patrimonio natural que somos el único país del mundo que cuenta, desde hace más de diez siglos, con un Tribunal de las Aguas –el de Valencia–, institución absolutamente singular y de larga y notable historia.

Por eso, cuando la temida sequía aparece en el horizonte los campos se nos mueren, los pueblos se ensombrecen de dolor y el temor se conjuga mirando al cielo y buscando la nube que anuncie el fin de la angustia. Sequías que cíclicamente regresan y consternan la alegría de los pueblos y aldeas y de sus moradores.

Joaquín Costa, cuando tenía 46 años (1892), vivió una temporada de siete años de sequía ininterrumpida, sin que lloviera nada en la comarca del bajo Cinca. Eso le marcó. De ahí nació su afán redentorista e hidráulico. Eran épocas en las que las sequías se combatían con rezos y oraciones, sacando en procesión al santo o a la virgen del pueblo o a san Isidro.

Hoy ese mundo rural ha desaparecido. Incluso perdemos el propio mundo rural porque España se vacía, una mitad de los pueblos de España tienen menos de 500 habitantes y la mayor parte de su población tiene más de 75 años.

Y, además, ahora las sequías vuelven, como la de 2017, de la mano del cambio climático que acentúa los rasgos de una pluviometría aún más irregular o escasa y pronostica una reducción de un 20 por ciento de lluvias en el Mediterráneo sur. Sequía, ésta, que está estresando nuestros humedales por la escasez, ha agostado cosechas, vaciado embalses, etcétera. Sequía que no hace distingos entre Norte y Sur o entre Este y Oeste. De ahí la necesidad de nuevos embalses y de un sistema de interconexión de cuencas transversal y solidario interterritorialmente, un programa a favor de todos, no a costa de unos, donde todos puedan ser recipiendarios y todos pueden ser donantes. Debe ser un sistema igualitario y solidario acordado en un proceso participativo e inclusivo, pleno de consensos políticos y territoriales.

El Plan Nacional del Agua que impulsa la ministra de Agricultura y Medio Ambiente debería tomar en consideración ese sistema de interconexión. Estamos ante un cambio de época, no una época de cambios, que exige otra visión. En este momento de embalses en mínimos, saliendo de una fuerte sequía y con todas las cuencas con problemas, quizás se perciba mejor la necesidad del pacto. Y también cambios en los riegos: proseguir con riegos sí –la España agraria futura será de riego o no será, he escrito muchas veces–, pero cada vez más tecnificados y eficientes. Sólo así sobrevivirán.

Hoy, inmersos en esa nueva economía global del recurso, donde éste es determinante de la pobreza y/o hambre de millones de personas en el mundo, debemos «pensar el agua» de forma diferente, construir un nuevo esquema de pensamiento basado en nuevos paradigmas. De aquí que la agricultura y la hidraulicidad, complementariamente, deben caminar en este siglo de modo «climáticamente inteligente», esto es, adaptadas en todo a las necesidades impuestas por el cambio climático. No cabe otra respuesta.

Publicado en ABC el viernes 2 de marzo de 2018