Con la muerte en los talones

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Keith Mitchell, Primer Ministro de la Isla de Granada, en el corazón del Caribe, apenas tuvo tiempo de ordenar que le hicieran las maletas. Salió a toda prisa de Palacio y buscó refugio en un barco de bandera británica. De esto hace menos de tres meses. El huracán Ivan amenazaba, y cumplió, con borrar de la faz de la Tierra la residencia del hombre más poderoso del país.

Según los representantes del grupo de países caribeños en el Cop 10, el 85 por ciento de los habitantes de Granada perdieron sus viviendas como consecuencia del azote de Iván, cuya existencia atribuyen, en buena medida, a los cambios climáticos.

«Entre diez y quince años llevará la reconstrucción del país. Una nación rica podría hacerlo en mucho menos tiempo pero nosotros no tenemos medios para enfrentar una tragedia de esta envergadura». La apreciación, de Anthony Deyal, portavoz del Centro de Estudios sobre Cambios Climáticos de la Universidad de Belize, tiene una segunda parte estremecedora. Recuerda que Ivan hizo escalas también en Jamaica, Trinidad Tobago, República Dominicana, Barbados y, entre otras, las Islas Caimán: «Más de sesenta personas morirán en diferentes sitios del Caribe, víctimas de los huracanes que azotaron la región este año».

Hoy en día, «el clima es imprevisible para nosotros. Tan pronto tenemos lluvias imprevistas como entramos en tiempo de sequía. Estos fenómenos provocan serios daños a nuestra economía y a la agricultura».