El Trabi, el coche de la Alemania comunista, cumple 60 años

Para adquirir un Trabant había que apuntarse en una lista y esperar hasta 10 años o acudir al mercado negro

BERLÍN Actualizado: Guardar
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“Ahora me explico por qué desapareció la RDA”, dice, refiriéndose a la Alemania comunista anterior a la caída del Muro, Jason, un turista norteamericano que acaba de disfrutar de un paseo en Trabant, el único modelo de coche existente en aquella mitad oriental de Alemania, “¿cómo no iban a querer fugarse, si solo podían conducir esto?”. Hoy en día se han convertido en simpáticos reclamos turísticos, pero en su día fueron la falta de eficiencia hecha coche y la monótona perspectiva de circulación para ciudadanos que esperaban una media de 12 años desde que se compraban un coche hasta que les era entregado. Hoy cumple 60 años el Trabi como testigo sobre ruedas de los pobres resultados productivos de la economía planificada comunista.

A finales de los años 50, en la RDA aparece VEB Sachsenring Automobilwerke Zwickau, una ex-fábrica de Horch que fabricó coches dentro y fuera del bloque comunista entre los que estuvo la saga Trabant, que en alemán significa satélite, en alusión al Sputnik. Era un coche básico, fabricado prácticamente a mano y cuya cama estuvo compuesta por el Trabant 500 (1957-1962), Trabant 600 (1962-1964), Trabant 601 (1963-1991) y Trabant 1.1 (1990-1991). Pero a lo largo de estos modelos, el coche solamente experimentó pequeños cambios estéticos o mecánicos.

Su motor bicilíndrico de 500-600 cc y dos tiempos, heredado de un diseño anterior a la II Guerra Mundial de los fabricantes de motocicletas DKW, llegó a rozar 18-26 CV de potencia. Contaba con algunos elementos de “alta tecnología”, como una suspensión independiente, elementos de carrocería hechos de material reciclado, tracción delantera y chasis monocasco. Lo cierto es que su enorme simplicidad lo hizo muy duradero. Era compacto, ligero y sencillo. Casi cualquiera podía reparar personalmente su coche y un Trabant podía durar tres décadas en activo, pero sus escasas posibilidades técnicas hicieron de él el perfecto símbolo de la limitada vida en un país del que no estaba permitido salir y en el que la falta de libertad de expresión agobiaba todavía más que la falta de color de sus coches.

Hubo cierta variedad: versiones sedán, familiar e incluso descapotables. Llegó a haber hasta una versión de embrague pilotado, pero con cambio de marchas manual, para personas con problemas de movilidad. También una versión de carreras, el Trabant 800 RS, con un motor 0.8 y 65 rabiosos caballos de potencia.

Fabricado en la ciudad sajona de Zwickau el motor estaba refrigerado por aire y, a falta de sistema de lubricación, el aceite se echaba directamente en el depósito de combustible (las primeras versiones no incluían ni siquiera medidor de nivel). El más sofisticado que tuvo fue un 1.043 cc (1.1) heredado de Volkswagen gracias a un acuerdo entre las dos Alemanias, pero muy poco después, con la caída del comunismo, la producción se hizo inviable sin subvenciones públicas y dejó de comercializarse.

“Lo que más recuerdo era que hacía mucho ruido”, rememora Olaf, un berlinés oriental que sigue viviendo hoy en el barrio de Prenzlauerberg. “Traqueteaba y a mí personalmente no me cabían las piernas, porque mido 1.80. También recuerdo que hacía mucho frío. Cuando íbamos a ver a mi abuela, mi madre metía bolsas de agua caliente para hacerlo más llevadero.. le aseguro que me alegré mucho cuando, tras la caída del Muro de Berlín, pude acceder a muchos otros coches de muchas otras marcas”.

El último fue fabricado en 1991, el final de una producción de unos tres millones de unidades, y muchos fueron abandonados a su suerte y olvidados. Hoy en día hay unos 33.000 vehículos de este tipo en circulación, la mayoría de ellos por nostalgia o como diversión para turistas. Generan todo un negocio secundario de piezas y complementos porque sus dueños los consideran auténticas mascotas. “Es más caro mantener un Trabi que cualquier utilitario normal, eso está claro, pero tiene mucho encanto y una gran personalidad. La gente no te olvida cuando apareces en la fiesta con un Trabri”, asegura Irma, estudiante de Psicología que ha pintado el suyo de color amarillo, para contrarrestar los tradicionales días grises de Berlín.

Los hoy percibidos como entrañables cochecillos no eran precisamente eficientes, consumían unos 7 l/100 km de gasolina, y apenas alcanzaban los 112 km/h. Su nivel de emisiones es escandaloso comparado con cualquier utilitario de los años 90, de forma que están sujetos a normativas fiscales especiales, y un vistazo al interior de un Trabant deja en mero intento la austeridad de Angela Merkel.