Muere Manuel Martín Ferrand, el periodista total
Manuel Martín Ferrand en una imagen reciente - jaime garcia

Muere Manuel Martín Ferrand, el periodista total

Triunfó en todos los géneros, en todos los soportes. Riguroso, crítico, honesto, libre. Estuvo al pie de la columna de ABC hasta el jueves pasado


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«De raza» y «todo terreno». Son dos descripciones que se suelen utilizar para definir a los periodistas cuando se intenta ser elogioso con ellos. Manuel Martín Ferrand, a lo largo de medio siglo de magisterio periodístico, fue ambas cosas: un periodista «de raza» y un periodista «todo terreno». Y muchas más cosas. Tocó todos los géneros y todos los soportes: prensa, radio y televisión. Y en todos ellos triunfó sin paliativos, multiplicando audiencias y ejerciendo un periodismo riguroso, crítico y honesto. ABC y sus lectores tuvieron la suerte de acoger sus columnas durante los últimos diecisiete años de su vida. Hoy ha fallecido en la madrileña Fundación Jiménez Díaz a la edad de 72 años víctima de una larga enfermedad. Al pie del cañón hasta prácticamente el último día, hace una semana publicábamos su última columna sobre el conflicto de Gibraltar.

Nacido en La Coruña en 1940, salió al ruedo a realizar la primera faena como informador a la corta edad de 20 años, gracias al meritorio hueco de prácticas que consiguió en el «Diario de Cádiz». El estudiante de periodismo, después profesor en Madrid y Navarra, aprendió en este diario casi tanto como en las amenas lecciones de su profesor y maestro Fernández Asís. Sus primeros pasos fueron ya una visión anticipada de lo que iba a ser su carrera profesional. Amante de la poesía y sobre todo del teatro, Martín Ferrand comenzó a trabajar a principios de los años sesenta en el medio radiofónico.

Número uno

Se diplomó Martín Ferrand con el número uno de su promoción —«pura generosidad de mis compañeros, había gentes valiosísimas, desde Alfredo Amestoy a José Luis Balbín, pasando por Basilio Rogado, Consuelo Reina, etc...»—, y veló armas periodísticas en la luna de Cádiz: «Descubrí un mundo nuevo, me aficioné al cante jondo y tuve unos maestros excepcionales en un periódico centenario como el 'Diario de Cádiz'». Emilio Romero le ofreció un puesto en «Pueblo», que luego dejaría para ir a dar clases en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Navarra. La radio le hechizó, y allí hizo sus primeros trabajos de Pérsiles como «guionista-sustituto» en 1958, en la Ser, bajo las órdenes de Manuel Rodríguez Cano, «un genio», y Basilio Gassent. Ora se inventaba un capítulo de un culebrón de los que se estilaban en galena ora describía Berlín.

En aquella época, cuando el auge de la televisión desplaza a la radio en su papel de espectáculo, el incipiente periodista empezó trabajando como «negro» escribiendo guiones dramáticos. Pronto, la inquietud y el saber hacer le permitieron forjarse un futuro dentro de la radiodifusión española con la creación y dirección de programas que hicieron historia como «Matinal Cadena Ser» y «Hora 25», programa creado por él mismo y galardonado en 1973 con el Premio Ondas. Desde sus inicios, Martín Ferrand fraguó una manera de expresarse, a base de arrastrar frases, que marcó escuela en los locutores de entonces y de la que aún ahora es posible oír ecos.

Con orgullo y pasión, Manuel Martín Ferrand —pecador impecable, menos de la vanidad, que no va con él— proclamaba que su suerte mayor han sido sus maestros. Recuerda a grandes como Victoriano Fernández de Asís, José de las Casas, Miguel Pérez Calderón, que un día debían examinarle para ingresar en TVE. Era el único candidato a la prueba. «Evidentemente, dijo don Victoriano, Martín Ferrand es el mejor entre todos los presentados. Puede quedarse en la Casa». Y al regresar a la Escuela de Periodismo, Juan Beneyto, que la dirigía, le echó una bronca de aúpa: «Pudiendo usted trabajar en ABC, ¿cómo prefiere algo que está más cerca de la física recreativa que del periodismo?». «No está mal visto eso de la televisión como física recreativa», decía.

Como defensor a ultranza de su profesión, lucha por elevar la comunicación más allá de las meras ambiciones crematísticas de las empresas de comunicación. Esta idea, llevada a la práctica, le procuró grandes problemas dentro de su carrera. De ahí, los continuos ceses y dimisiones de los que fue protagonista en los distintos medios en los que ha trabajado.

En 1969 fue director, por un día, del diario «Nivel», que tras un año de preparación fue cerrado, por orden del Ministerio de Trabajo, el mismo día que salía a la luz. En prensa escrita, fue uno de los pocos y destacados profesionales españoles de la información capaz de asimilar las dos dimensiones del negocio periodístico: la empresa y la noticia. De 1973 a 1974 es director de «Diario de Barcelona» y durante 1975 y 1976 de «Nuevo Diario», de Madrid. En esa época, también fue colaborador habitual de publicaciones semanales y diarias como «Interviú», El Periódico de Barcelona y ABC, en el que escribe sus primeros artículos y reportajes en 1972.

No se olvidó nunca de la labor de su cuadrilla. Sin ella no llegaría a buen fin el trabajo. Martín Ferrand formaba equipos, no era partidario del trabajo personalista y su filosofía era siempre la de «todos para uno y uno para todos». Su labor dentro de la televisión fue tan ardua y espectacular como la efectuada en la radiodifusión y en la prensa. Los problemas aparecieron con frecuencia: sanciones administrativas, despidos y ceses. Tampoco faltaron los trofeos. En 1970 consiguió el Premio Nacional de Televisión por su programa informativo «24 horas».

El periodista coruñés realizó más de 3.000 programas, destacando su participación en los espacios «Plaza de España», «Con acento», «Hora 15», y «Todo». Los sinsabores se enjuagan con el reconocimiento. En 1986 recibe el Premio Larra por su trayectoria profesional. Dos años después es elegido presidente de la sección española del Instituto Internacional de Prensa (IPI).

En 1982, cuando se crea la emisora de radio Antena 3, Martín Ferrand entra a formar parte como consejero delegado y director general. En tan solo diez años, consigue colocar la emisora en el primer lugar de la radiodifusión. Su equipo, compuesto por los mejores profesionales de la época (José María García, Antonio Herrero, Miguel Ángel García Juez...) elevan la audiencia por encima de la todopoderosa Ser. Sigue aferrado a su ideario, el antiguo credo liberal, aún a pesar de los riesgos que ello conlleva. En 1989 llega su encargo de mayor responsabilidad: poner en marcha la primera televisión privada de España. Como director general de Antena 3 Televisión intenta revitalizar el mundo audiovisual con las mismas fórmulas utilizadas en la radio: independencia y libertad.

Durante un tiempo consigue su objetivo, pero en 1992, después de tres años de esfuerzo por intentar dar a los españoles una televisión privada e independiente, dimite como director general de la cadena ante la entrada de nuevo accionariado (Banesto y Grupo Z), lo que implicaba un cambio de línea. Ferrand sigue luchando hasta que no tiene otra salida que dimitir de la empresa que él mismo fundó junto con otros profesionales: Antena 3 radio. La irrupción del Grupo Prisa en Antena 3 de radio era el certificado de defunción de su proyecto. Tras él dimitieron los abanderados de la cadena, José María García y Antonio Herrero.

Columnista

Tras su marcha de Antena 3, empezó a colaborar en los programas de la cadena de radio Cope: «Primera hora», «La linterna» y «La Mañana», cadena de la Conferencia Episcopal que abandonó en abril de 2002 para pasar poco después a colaborar en el espacio «Protagonistas» de Luis del Olmo y en el desaparecido «Diario 16» con una columna diaria bajo el título «Ad libitum». Posteriormente, a finales de febrero de 1996 pasó publicar sus artículos en ABC, columna que mantuvo hasta el último día.

Sostenía Martín Ferrand que la televisión era mejor antes que hoy: «Es lo único que en la comunicación ha degenerado en la vida española, y por culpa de un mal ordenamiento jurídico. En el mundo no es tan mala como aquí, pero en España la televisión es una colonia italiana, y la televisión tiene que tener un espíritu nacional, arrancar de un fondo nacional de cultura y de sentimientos. Menos la casa Vocento, todos los demás grupos periodísticos son, en más o en menos medida, italianos, incluyendo la Cope, que es Vaticana».

Manuel Martín Ferrand revolucionó las 625 líneas, y las ondas. Dio los buenos días a los españoles en «Matinal Ser» burlando con descollante ingenio a los censores: «Estábamos en los años del franquismo duro, pero conseguimos burlar la censura con el pretexto de la información local. Convertí en locales todas las noticias del mundo. Por ejemplo, la muerte de Kennedy la di diciendo que “producía gran consternación en Madrid, en los medios diplomáticos, etc...”». Y se acostaba en la «Hora 25», que también creó: «Eugenio Fontán, otro de los buenos directores y maestros que he tenido, aceptó el reto de hacer un programa nocturno para recuperar la audiencia, y ahí sigue funcionando la noche como gran motor de la radio». Martín Ferrand fue por tierra, mar y aire. Hizo el primer diario español en offset, —«Nivel», que el ministro Sánchez Bella cerró la misma mañana en que salió—, los primeros programas hablados de Frecuencia Modulada, implantó nuevas tecnologías en prensa, radio y televisión. Y de su lámpara maravillosa creó Antena 3 de Radio, que «nace gracias al apoyo del inolvidable, y gran promotor, Guillermo Luca de Tena, del Conde de Godó, de Antonio Asensio, de José Mario Armero y de los hermanos Jiménez de Parga. La fuerza creadora estuvo en ellos. Nos pusimos en cabeza de las audiencia, y fue una pena porque luego la ocuparon los nacionales y nos mataron a todos los republicanos». Cofrade de la columna, no olvidaba al Hermano Mayor: «Jaime Campmany, uno de mis grandes maestros. Me dio muy buenos consejos cuando empecé. Jaime ha sido el más fecundo de mis maestros». Ni tampoco a Mingote, con quien compartió página durante los últimos años. Hoy los tres maestros —Campmany, Mingote y Martín Ferrand— se han encontrado en el paraíso de los grandes periodistas.

Martín Ferrand fue galardonado, entre otros, con el Premio de Periodismo «Mariano José de Larra» (1986); el Micrófono de Oro (1990 y 2005); «ABC de Oro» (1989); Premio Rodríguez Santamaría (2004); Master de Oro del Forum de Alta Dirección 1990 Premio Mercurio de Periodismo (2007) y Mariano de Cavia (2012). Estaba casado con la también periodista Rosalía González de Haro, con quien tuvo tres hijos: Daniel, Víctor y Rosalía.