Las huellas de la Santa Inquisición en las calles de Madrid
En el convento de Nuestra Señora de Atocha se instaló el Consejo de la Inquisición hasta 1780 - f. de wit
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Las huellas de la Santa Inquisición en las calles de Madrid

La capital conserva rincones ligados esta institución religiosa, cuya influencia perduró hasta su abolición en julio de 1834

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La capital conserva rincones ligados esta institución religiosa, cuya influencia perduró hasta su abolición en julio de 1834

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  1. El convento de Nuestra Señora de Atocha

    En el convento de Nuestra Señora de Atocha se instaló el Consejo de la Inquisición hasta 1780
    En el convento de Nuestra Señora de Atocha se instaló el Consejo de la Inquisición hasta 1780 - f. de wit

    Madrid, Villa y Corte desde el 12 de febrero de 1561, no tuvo Tribunal del Santo Oficio propio hasta 1650. Las decisiones de la Inquisición se tomaron hasta entonces en Toledo. Uno de los primeros espacios madrileños relacionados esta institución fue el convento de Nuestra Señora de Atocha. Allí se instaló el Consejo de la Inquisición en Madrid hasta que en 1780 se levantó el Consejo Supremo del Santo Oficio en la calle Torija. Este convento de padres dominicos fue fundado en 1523 por Fray García de Loaysa (posteriormente inquisidor general) y Fray Juan Hurtado de Mendoza (confesor de Carlos V).

  2. El Consejo del Santo Oficio

    En la calle Torija se alzaba el máximo órgano de la Inquisición española
    En la calle Torija se alzaba el máximo órgano de la Inquisición española - google maps

    «Exurge Domine et judica causam tuam» («Álzate Dios y juzga tu causa»). La leyenda de la fachada del Consejo Supremo del Santo Oficio, en la calle Torija –muy cerca del Senado– , era toda una declaración de principios para quienes atravesaban sus puertas. El máximo órgano de la Inquisición en España se instaló allí desde 1780 hasta su abolición. El edificio propiedad del marqués de Siete Iglesias, el famoso Rodrigo Calderón –que sufrió en su propio cuerpo el potro de tortura– fue adquirido para la administración, tesorería y archivo de la Inquisición.

  3. Las mazmorras de la Inquisición

    Las mazmorras que se encontraban bajo la Plaza de Santo Domingo son ahora una coctelería
    Las mazmorras que se encontraban bajo la Plaza de Santo Domingo son ahora una coctelería - cuevas de sando

    Tras el dictamen del Santo Oficio, los condenados por herejía eran trasladados desde la calle Torija a la cercana Plaza de Santo Domingo. Un corto trayecto que, sin embargo, resultaba eterno para los reos que sufrían todo tipo de vejaciones e insultos camino del Monasterio de Santo Domingo. El cortejo dejaba allí a los condenados a la espera de recibir su castigo. Sobre el monasterio, derribado en 1869, se construyeron diversos edificios. Entre ellos un hotel, en el actual número 13 de la plaza, que conserva las cuevas donde la Inquisición tenía parte del archivo de los autos de fe que se celebraron allí hasta 1795. El hotel Mercure Santo Domingo, reconvirtió esas mazmorras en una coctelería con «mucho encanto».

  4. La Carcel Eclesiástica de la Corona

    En la calle de la Cabeza se encontraba una de las cárceles de la Inquisición
    En la calle de la Cabeza se encontraba una de las cárceles de la Inquisición - google maps

    El edificio que hay en la esquina de la calle de la Cabeza con Lavapiés esconde en sus entrañas la historia de una de las cárceles más desconocidas de Madrid, la de la Inquisición. Un edificio macabro del que sobreviven como testigo unas mazmorras que sirvieron de celda y lugar de tortura a miles de condenados antes de morir en un auto de fe. Hoy son los sótanos de un centro de mayores municipal. Tras la extinción de la Inquisición, la cárcel Eclesiástica fue usada como almacén, cocheras y cuadras. Una parte de los calabozos, cuyas rejas daban a la calle, se transformó en el Bar Lavapiés, hoy, también desaparecido.

  5. La plaza Mayor

    «Auto de Fe en la Plaza Mayor de Madrid», de Francisco Rizzi
    «Auto de Fe en la Plaza Mayor de Madrid», de Francisco Rizzi - museo del prado

    La Plaza Mayor fue el último destino de miles de condenados por la Inquisición en Madrid. De camino a una muerte segura, daban sus últimos pasos en una plaza plagada de espectadores que se disfrutaban con el sufrimiento de los supuestos herejes. Fue lugar de un salvaje espectáculo, al que incluso acudía la Familia Real, hasta finales del siglo XVIII, cuando los autos de fe se trasladaron a la plaza de la Cebada. Un fatídico viaje sin retorno hacia la horca -la mayoría de las veces-, el garrote vil o la hoguera. Según la pena se elegía el lugar: el cadalso de la horca se levantaba delante del portal de Paños; el de los degollados frente a la Casa de la Carnicería; y para los que sucumbían en el garrote vil se elegía la Casa de la Panadería.

    Este lugar de actos festivos - testigo de entronizaciones, beatificaciones, corridas de toros- compaginó su existencia con las ejecuciones más espeluznantes. Federico Bravo Morata en su «Historia de Madrid», cuenta que los condenados eran de toda clase y condición: desde un pillo que fingía ser sacerdote a un peligroso espía.

    Quizá la mejor representación que existe para imaginarse la magnitud pública de estos autos de fe es el cuadro de Francisco Rizzi «Auto de Fe en la Plaza Mayor de Madrid». En la pintura se puede ver al rey Carlos II presidiendo el auto de fe celebrado el 30 de junio de 1680. Un acto muy simbólico en el que la Corona juró defender la fe católica y perseguir a los herejes y apóstatas. También se puede ver a los reos en persona o en estatua (muertos o huidos) –con una inscripción con sus delitos y una caja con sus huesos– a la espera de ser penitenciados (castigados) o relajados (condenados a muerte).

  6. Los quemaderos junto a la Puerta de Alcalá

    La Inquisición ejecutaba a sus reos en los quemaderos de la ciudad
    La Inquisición ejecutaba a sus reos en los quemaderos de la ciudad - abc

    Uno de los quemaderos más famosos de la Santa Inquisición estaba situado muy cerca de la Puerta de Alcalá. Concretamente entre las calles de Claudio Coello, Conde de Aranda y Columela. Tras los autos de fe, las ejecuciones se llevaban a cabo en esta intersección de calles. En muchas de estas condenas, los reos eran procesados por actos de brujería, pactos con el diablo o, en general, cualquier conducta que atentara contra «las buenas costumbres» imperantes.

    Se dice que, en ocasiones, los miembros de la Inquisición empezaban prendiendo la barba de algunos de los reos para enseñarles el horror que estaban a punto de sufrir.

    Los quemaderos de Claudio Coello desaparecieron en 1743 para dar paso a la Plaza de Toros de la Puerta de Alcalá, que con el tiempo también acabaría desapareciendo.

  7. Quemaderos en la glorieta de San Bernardo

    Junto al portillo de Fuencarral se situaba uno de los quemaderos de la Santa Inquisición
    Junto al portillo de Fuencarral se situaba uno de los quemaderos de la Santa Inquisición - abc

    Del barrio de Salamanca los quemaderos se trasladaron a la glorieta de Ruiz Giménez (conocida como glorieta de San Bernardo). Allí se encontraba el portillo de Fuencarral, una «puerta mediocre» según Mesoneros Romanos, pero muy utilizada ya que era uno de los puntos de entrada y salida de la ciudad. El quemadero se situaba fuera de los muros que rodeaban la villa.

    Tiempo después, ese mismo lugar albergó el hospital La Princesa, que también desaparecería. Cuenta la leyenda que al urbanizar la zona, podía apreciarse en el suelo una capa de betún negro grasiento procedente de los cuerpos quemados por la Inquisición.

  8. Calle de la Ventosa

    «La Ventosa» fue tan conocida que acabó decorando la placa de la calle
    «La Ventosa» fue tan conocida que acabó decorando la placa de la calle - abc

    La Inquisición tenía muchas formas de torturar a sus reos. Una de las más curiosas fue la que llevaron a cabo con Juana Picazo, también conocida como la Ventosa, nombre que tiempo después le pondrían a la calle.

    A esta mujer se la tenía por una curandera que usaba una ampolla de vidrio para sanar enfermedades. El objeto había pertenecido, en teoría, a San Isidro, pero un día sus clientes comenzaron a quejarse de que el sistema no funcionaba y la denunciaron ante el Santo Oficio.

    La Inquisición la acusó de brujería y la sometió a un castigo ejemplar: la raparon al cero, untaron su cuerpo con un pez y la cubrieron de plumas. Después la subieron en un burro y así la pasearon por medio Madrid mientras la muchedumbre le arrojaba todo tipo de cosas.

  9. Casa encantada de Conde Duque

    Casa del Duende, en una ilustración del libro Madrid Viejo
    Casa del Duende, en una ilustración del libro Madrid Viejo - abc

    Muy cerca del cuartel de Conde Duque se encontraba otro de los lugares en los que la Inquisición tuvo que intervenir, porque no solo los herejes estaban en su punto de mira. La leyenda cuenta que en un edificio encantado había una taberna. En ella se reunían malhechores y delincuentes a jugar a las cartas. Un día, tras una partida, se organizó una gran trifulca. Para callar los gritos apareció un pequeño duende. Pero el alboroto siguió en cuanto el duende desapareció y a su misteriosa presencia se sumaron muchos más que acabaron liándose a golpes con los jugadores.

    Otras personas moraron la casa, años después, ignorando las advertencias de los vecinos y siempre acababan poniendo pies en polvorosa. Finalmente, como el lugar se convirtió en un centro de delicuentes que se escondían allí para huir de la justicia, el vecindario pidió a la Inquisición que hiciese algo respecto aquella casa habitada por duendes.

    El Santo Oficio ordenó exorcizar la casa, quemarla y rociarla de agua bendita, pero de los duendes nunca más se supo.

  10. Plaza de la Cruz Verde

    La cruz verde era uno de los símbolos de la Inquisición
    La cruz verde era uno de los símbolos de la Inquisición - wikipedia

    La Santa Inquisición utilizó esta pequeña plaza para ejecutar a sus reos. Donde ahora se encuentra la fuente de Diana la Cazadora se hallaba la enorme cruz verde, símbolo inquisitorial. En 1680 tuvo lugar el último auto de fe en esta plaza, durante el reinado de Carlos II.

    En julio de 1834 se aprobó un Real Decreto por el que se abolía la Inquisición definitivamente. Tres años después, Mariano José de Larra escribiría en su artículo del Día de los Difuntos: «Aquí yace la Inquisición, hija de la fe y del fanatismo, murió de vejez».