Si alzas la vista a la altura del número 24 podrás ver un pequeño pez marrón
Si alzas la vista a la altura del número 24 podrás ver un pequeño pez marrón - google maps
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La mascota de una monja endemoniada que dio nombre a la calle del Pez

El padre de la joven hizo tallar un pequeño pez en recuerdo de su hija, metida a un convento tras la muerte del animal

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La calle del Pez, uno de los puntos neurálgicos del barrio de Malasaña, ha recuperado sus fiestas. Vecinos y comerciantes de la zona han luchado para que suceda y aunque lo han hecho modestamente y gracias a la autogestión, la verbena estará presente después de llevar diez años prohibida. Y todo gracias a la insistencia de unos vecinos que se esforzaron por seguir escribiendo la historia de Pez.

Una historia con varios siglos de antigüedad. La calle estaba presente ya en los planos que realizó el cartógrafo Pedro Teixeira en 1656 de la ciudad de Madrid y, hasta el siglo XVII, se la conoció como la calle de la Fuente del Cura.

El nombre venía de una fuente que reposaba en la vía, regalo de un cura de Colmenar Viejo. Un hombre llamado Don Juan Coronel compró una finca en la calle, que en teoría había pertenecido a al religioso, y en el estanque junto a la casa puso cientos de peces de colores.

Los albañiles, que aún estaban terminando la casa de Don Juan, cogían agua de allí para las obras, de tal forma que el estanque se fue vaciando poco a poco. Entre el poco agua que había y lo sucia que estaba, los peces fueron muriendo hasta que solo quedó uno.

Blanca y su pez

Aquí surgen varias teorías pero todas con un punto en común: el amor de la hija de Don Juan por ese pequeño pez que sobrevivió. Blanca, así se llamaba la hija, sacó a su mascota del estanque y lo trasladó a una pecera. Poco después el pez, fuera de su hábitat natural, murió.

Fue un duro golpe para la hija de Don Juan Coronel que se metió a monja en el convento de San Plácido deprimida por su muerte. Pero sus desgracias no acabaron ahí ya que el convento se hizo célebre en aquella época porque se decía que el demonio había poseído a las monjas que vivían allí.

Su padre, afligido por perder a su hija, mandó esculpir un pez en la fachada de la casa, que a día de hoy aún puede verse si alzas la vista a la altura del número veinticuatro. Los vecinos de Malasaña empezaron a referirse al lugar como «la calle que tiene un pez» hasta que finalmente cambió su nombre.