Los niños juegan en la carpa del circo
Los niños juegan en la carpa del circo - José Ramón Ladra

Los «hijos del circo»: cuando la educación se vive en una caravana y mil y un lugares

Una 'roulotte' sirve de aula itinerante en el Gran Circo Mundial, donde dos profesores atienden a estos pequeños nómadas

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A seis escalones sobre el barro, dentro una caravana del Gran Circo Mundial, los niños se sientan en su pupitre. Tienen fracciones en la pizarra y el mapa de España en la pared, pero su patio de recreo es una carpa con estrellas en el suelo y máquinas de algodón de azúcar. Son los «hijos del circo». Hoy están en Madrid, no saben dónde estarán la próxima semana.

Italia, Austria, Portugal, España… las nacionalidades saltan de un asiento a otro. Si en diciembre había dos alumnos, en febrero hay doce. Van donde sus padres trabajen. Pero eso no les libra del colegio. Desde 1986, España cuenta con el programa «Aulas itinerantes» puesto en marcha por el Ministerio de Educación para que estos jóvenes nómadas reciban la educación primaria obligatoria. A partir de los tres alumnos, el Ministerio aporta un profesor a cambio de que el circo aporte el aula y una caravana para que resida el maestro durante todo el año escolar en el que les acompaña.

Sin embargo, son dos las aulas que tiene el Gran Circo Mundial. La segunda, más pequeña, para los seis alumnos de la ESO y Bachillerato donde estudian online varias de las estrellas del espectáculo. Su educación presencial no la cubre el ministerio, pero tienen a Paco, un profesor privado que se encarga de ello. «Los mayores tienen un tutor virtual asignado, pero necesitan un maestro que les explique los contenidos bien, que sea presencial y que esté encima de ellos», dice. Entre sus alumnos están las amazonas gemelas del circo. Y Dani, el payaso. Estudian con sus ordenadores Mac por la mañana, entrenan algunas tardes entre semana y trabajan viernes, sábado y domingo, cuando hay espectáculo.

«Cuando están en clase es como un colegio normal», dice Paco, que llegó al circo en noviembre. Salvo porque luego ve a sus alumnos haciendo piruetas, puntualiza. Salvo porque tiene alumnos de diferentes edades y niveles en un mismo aula, añade. Salvo porque se han convertido en sus vecinos, especifica. «Un maestro de un colegio convencional no ve lo que hacen sus alumnos por la tarde, pero yo sí lo se todo de ellos».

Las clases comienzan a las nueve de la mañana y terminan a las dos del mediodía. Entre medias tienen un recreo de media hora que los más pequeños aprovechan para jugar a las canicas, correr en la carpa, estar con los teléfonos móviles, hacer puzzles dentro de la caravana o repasar el examen de las 12. En el horario que cuelga de la pared pueden verse las mismas asignaturas que en el resto de clases convencionales.

«Estudian porque sus padres se lo dicen, por si acaso, pero ellos tienen su vida muy centrada en el circo», dice Paco de sus alumnos. «No estudian por tener una carrera, sino porque es importante tener cultura». Según cuenta, lo mismo ocurre con los pequeños: no se anuncian futuros policías, futbolistas, médicos o profesores. Todos tienen claro que se quieren dedicar al espectáculo ambulante.

—¿Qué queréis ser de mayores?

—Yo quiero ser como mi padre. Quiero ser payasa.

Solo hay una chica que no lo tiene claro, aunque no es ella quien lo cuenta, sino su compañera de mesa: «Dice que quiere vivir en una casa, pero para eso hay que estudiar una carrera y encontrar trabajo».

El mayor problema en las aulas itinerantes es el de organizar y enseñar en una misma clase diferentes cursos, cuenta Puerto, la profesora de Primaria. «Tienes en una misma clase niños muy ‘chicos’ y muy grandes. Se mezcla primero de primaria con primero de la ESO», explica. Esta extremeña de 25 años llegó hace apenas unos días, cuando el Gran Circo Mundial consiguió superar el mínimo de niños necesarios para solicitar al Ministerio un profesor. Ella aún está acostumbrándose a las nuevas dimensiones del día a día, mucho más reducidas. Mientras, Paco relata otra de las luchas logísticas diarias: recoger todo y lanzarse a la carretera. Llegar a un nuevo destino y encontrar la puerta atascada, los muebles caídos, entrar en la clase por la ventana. «Aprendes a hacerte fuerte», concluye Paco.

Puerto reparte un examen a cuatro de los doce alumnos que tiene. Dentro del aula, los niños van en deportivas, en zapatillas de estar por casa o incluso descalzos. Uno ha guardado a desgana el puzzle de dinosaurios que había comenzado a hacer en el recreo, pero que no le había dado tiempo a terminar. Los que no tienen examen tienen que pintar y recortar animales. Ninguno se distrae mirando por la ventana cuya rejilla cuartea el mar de caravanas blancas que se extiende a los pies de la carpa. Por un momento no parece que ninguno sueñe con hazañas sobre el trapecio o frente a los leones, la magia que les envuelve cada fin de semana.