Detalle de la cruz fabricada con dos palos en la vivienda que compartieron los protagonistas de la historia
Detalle de la cruz fabricada con dos palos en la vivienda que compartieron los protagonistas de la historia - rayosycentellas

La historia del amante descuartizado que forjó la leyenda de Casa de la Cruz de Palo

En el Madrid de Felipe II se fraguó un amor entre una joven árabe y un cristiano que terminó tras una cruel venganza

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En el Madrid de Felipe II se fraguó una historia de amor imposible, odio y venganza. En la confluencia de las calles Madrid, del Rollo y Sacramento se levantó una vivienda que fue testigo de una cruel venganza que forjó la leyenda de Casa de la Cruz del Palo.

En esta corrala una bella joven árabe tuvo que acostumbrarse a compartir el lecho con un noble que le doblaba la edad. Pero la obligación no pudo evitar lo que la devoción provoca en las entrañas: la muchacha se enamoró de un caballero cristiano con el que mantuvo encuentros furtivos hasta que, un determinado día, él faltó a su cita. Desapareció sin dejar rastro ni pista alguna.

Pasaron los años y el viejo musulmán, al que a raíz de estos hechos se le vio feliz y hasta rejuvenecido, por ley de vida pasó a reunirse con las huríes en el paraíso del Profeta. La joven viuda decidió marcharse de la casa en la que cohabitaban y descubrió un tétrico secreto que se ocultaba en los entresijos de su morada: el cadáver de su amante, descuartizado y repartido por varios muebles viejos estaba en su desván.

En ese momento comprendió todo lo que había sucedido. Su marido debió de descubrirles y decidió emprender esta cruel venganza. Tras recomponer lo que quedaba del hombre de su vida, decidió enterrarlo en cristiana sepultura para que descansara ya en paz por toda la eternidad. Ella, por el amor que seguía sintiendo por el joven, abrazó la fe católica y en su recuerdo colocó en el tejado una sencilla cruz de madera.

Si la historia es asombrosa, lo más sorprendente es que ambas, tanto la cruz y como la casa, han pervivido durante siglos. En concreto, hasta la década de 1960, momento en que la piqueta municipal derribó la manzana entera y en su lugar se construyó un aparcamiento para los vehículos de concejales y funcionaros del Ayuntamiento.