Las abejas buscan «refugio» en el Ayuntamiento de Madrid
Un apicultor en la sierra de Madrid - jaime garcia
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Las abejas buscan «refugio» en el Ayuntamiento de Madrid

La capital aspira a convertirse en la segunda ciudad española tras Barcelona en permitir la apicultura urbana en edificios emblemáticos como el Palacio de Cibeles

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Madrid aspira a convertirse en la segunda ciudad española tras Barcelona en permitir la apicultura urbana con la instalación de colmenas en edificios emblemáticos como el Palacio de Cibeles, una práctica con la que se pretende ofrecer un «refugio» urbano ante la amenaza de plaguicidas del campo.

María Vega lleva cinco años trabajando como apicultora en pueblos del sureste de la Comunidad de Madrid como Villarejo de Salvanés, Colmenar de Oreja y Perales de Tajuña. «Empecé con una colmena para producir miel propia pero es un mundo tan bonito y fascinante que cada vez iba a más», comenta.

Ahora impulsa un proyecto en el centro municipal de Medialab Prado junto con un grupo de personas interesadas en traer la apicultura a Madrid a través de un manual de «buenas prácticas» para dejar el tema en manos de profesionales y evitar así que cualquier aficionado instale una colmena en su casa.

Además, recientemente ha presentado un proyecto piloto al Ayuntamiento de Madrid en el que propone instalar paneles en edificios emblemáticos de la capital como la sede del Consistorio en Cibeles, el centro cultural de Matadero y Medialab. «Hay disponibilidad para conseguirlo», asegura, aunque fuentes municipales han comentado que han recibido la propuesta pero que no han tomado ninguna decisión al respecto.

«Gran confusión con las abejas»

La experta considera que si aún no se ha dado el paso de traer la apicultura a Madrid es porque tenemos «una gran confusión respecto a las abejas» que ha hecho que pesen más los riesgos de picaduras, que a su juicio se solucionarían con precaución, que las ventajas, como la generación de puestos de trabajo. «No es una cuestión de enfrentar la apicultura urbana a la de campo, la de campo tiene que seguir, es abrir una puerta y ofrecer otras posibilidades», sostiene.

En España, un Real Decreto no permite instalar colmenas a menos de 400 metros de núcleos poblacionales, aunque subraya que esta distancia se puede reducir hasta un máximo del 75 % en el caso de que «el colmenar cuente con una cerca de al menos 2 metros de altura».

Además, la normativa estatal contempla la posibilidad de determinar otras distancias mínimas por cada comunidad autónoma en el caso de explotaciones de autoconsumo, con un máximo de 15 colmenas.

Sin embargo, los ayuntamientos son los que tienen la competencia directa sobre la autorización de las explotaciones, al ser los encargados de emitir las licencias municipales de actividad apícola, que más tarde deberá registrar cada comunidad autónoma, según han explicado fuentes del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente.

En el caso concreto de la Comunidad de Madrid hay cierta libertad gracias a un decreto que regula la actividad apícola que señala que los propios ayuntamientos «podrán, por razones de interés, ampliar o disminuir dichas distancias (entre colmenas y poblaciones), así como establecer las que crean oportunas entre colmenares».

Si finalmente la apicultura urbana se instalara en Madrid, se convertiría en la segunda española en implantar esta práctica tras Barcelona, donde el Ayuntamiento dio el visto bueno en 2013 con la intención de ofrecer a las abejas un ambiente libre de los pesticidas y herbicidas del campo.

Por el momento, el Museo de Ciencias Naturales de Barcelona es el único lugar de la capital que cuenta con colmenas de abejas, siete en total, destinadas a consumo propio del personal del centro y de las que se ocupa el apicultor Jaume Clotet, gran defensor de la apicultura urbana.

Nueva York y París, pioneros

«Veo muchas ventajas y pocos inconvenientes», dice. Entre los aspectos positivos, resalta la posibilidad de «concienciar» sobre el papel que las abejas desempeñan en la polinización y en la producción de alimentos y, al mismo tiempo, de dar a conocer el «declive de la población» que sufren estos insectos a nivel mundial.

Ciudades como Nueva York, Berlín, París y Melbourne han abierto sus puertas a la apicultura urbana. Otras como Londres incluso cuentan con un plano para que los propios ciudadanos o los turistas interesados por el tema puedan recorrer los puntos donde hay colmenas.

«El 70 % de los cultivos dependen de la polinización por insectos»Sin embargo, el responsable de agricultura en Greenpeace España y uno de los portavoces de la campaña «Salvemos las abejas», Luis Ferreirim, prefiere centrarse en defender la apicultura en el campo al considerarlo el hábitat natural de estos animales.

Con todo, no subestima el papel de la agricultura urbana por el «refugio» que representan las ciudades frente al «uso masivo» de plaguicidas en las zonas rurales, que provoca «daños muy importantes» a las abejas polinizadoras, «fundamentales para el equilibrio del planeta».

«El 70 % de los cultivos españoles dependen de la polinización por insectos», comenta, y confía en que uno de los efectos de la apicultura urbana sea educar sobre todo lo que aportan las abejas a la sociedad, que va más allá de la producción de la miel, cera y jalea real.