Los propietarios del Café Gijón, tras los disturbios del 22-M: «Aquello parecía una guerra»
Mariano, empleado del Café Gijón, muestra una de las mesas de la terraza destrozada - jaime garcia
Madrid

Los propietarios del Café Gijón, tras los disturbios del 22-M: «Aquello parecía una guerra»

Relatan a ABC la pesadilla que vivieron durante los graves incidentes en el eje Prado-Recoletos

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Miedo, no. Pánico. Eso es lo que sintieron clientes, empleados y dueños del Café Gijón la noche del sábado cuando más de un millar de radicales y antisistema reventaron la «Marcha por la Dignidad» y arrasaron varios locales del eje Prado-Recoletos.«Era como la guerra». Así describían a ABC la escena que vivieron Francisco Notario y José Manuel Escamilla, propietarios del mítico café madrileño.

«En cuarenta años, nunca habíamos visto nada igual. Tanta violencia. No hay palabras para describir lo que ocurrió», recuerda Escamilla. «Es la primera vez que se llegaba a estos extremos tan graves», apuntilla Notario.

Ayer fue día de recuento y valoración de daños en el Café Gijón. El mobiliario y los adornos de la terraza exterior quedaron arrasados. Como si hubiera pasado el caballo de Atila. Sin embargo, el pequeño local construido a modo de cafetería que el Gijón tiene en el paseo de Recoletos resistió la embestida de los vándalos.

A última hora de la tarde de ayer, los dueños del establecimiento todavía seguían echando números. No se atrevían a dar ninguno, todavía. Pero todo hace suponer que será una cifra importante a la vista de los destrozos.

Para empezar, les han destruido al menos veinte mesas de forja y mármol, sillas también de forja, sombrillas y toldos. Incluso, se arrancaron los focos de iluminación de la terraza exterior que los radicales utilizaron como armas arrojadizas contra las fuerzas del orden público.

«Acabábamos de inaugurar la terraza. La temporada empezaba bien porque el tiempo acompañaba este fin de semana. Estábamos muy contentos, muy ilusionados», explica Francisco Notario. Sin embargo, a eso de las ocho de la tarde, la cosa se empezó a poner fea. Más bien, peligrosa.

«El límite de la paciencia fue cuando empezó el lanzamiento de gases lacrimógenos y de quema de contenedores. Nos asustamos mucho. Veíamos que los radicales entraban dentro del Café y nos lo reventaban. Pusimos algo de orden entre el personal y los clientes y echamos el cierre», recuerda Escamilla.

Asalto a Derecho

La batalla campal del sábado se saldó, como hemos informado, con 67 policías y 34 manifestantes heridos que fueron atendidos por Samur-Protección Civil. Quince fueron trasladados a diversos hospitales de la capital. Entre los 23 detenidos hay independentistas vascos, catalanes y gallegos, todos radicales. También tres miembros de un sindicato abertzale y dos extremistas que participaron en el asalto a la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense hace un par de meses. La Policía Nacional arrestó, además, a tres menores.

La acción de los salvajes afectó, asimismo, a «El Espejo» otro café-restaurante próximo al Gijón. Misma escena: terraza destrozada; jardineras, mesas, sillas, toldos y demás objetos de ornamentación, arrasados e inservibles. De puro milagro se salvó su «pabellón» exterior, estilo «art nouveau» y. de grandes cristaleras, donde también se sirven comidas y aperitivos.

Café Gijón y El Espejo no fueron los únicos locales dañados en unos disturbios que los expertos en guerrilla callejera consideran los «peores» de la legislatura. De Colón a Atocha iba el reguero dejado por los vándalos. Destrozados quedaron escaparates de oficinas y entidades bancarias, marquesinas y contenedores de basura. Llena de pegatinas quedó «La mujer del espejo», la escultura de Fernando Botero situada en Colón.

Esquivar piedras

Hacia las once y media de la noche del sábado, con la calma ya en la zona de los enfrentamientos, los operarios municipales de limpieza se afanaban en retirar los restos de la «contienda». Aun así, la vía pública dejaba a la vista restos de la batalla campal. Lo más peligrosos, los trozos de piedras en la calzada que los automovilistas tenían que esquivar para evitar reventones de sus ruedas o lanzarlos sin querer contra otros vehículos.