madrileños con historia

Esta es Puri, la madrileña más anciana, con 108 años

Esta mujer centenaria, 25 descendientes, comenzó a trabajar hace un siglo, a punto de estallar la I Guerra Mundial. Es la persona que menos pastillas toma de su residencia

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Sentada en una silla de ruedas. Aunque no pueda levantarse desde hace dos años de ella se aferra fuertemente con su mano derecha al bastón que lleva su nombre: Puri. Con la izquierda sujeta el abanico que no duda en desplegar para darse aire. Apenas oye y ya no ve. Sus 108 años van apagando las fuerzas de la mujer que un día fue. Purificación Martínez es la madrileña más anciana de toda la Comunidad de Madrid. Tiene historia para contar, aunque ya necesita la ayuda de sus hijos para recordarla.

Nacida en Barajas en 1906, desconoce que ayer sábado fue el Día de la Mujer Trabajadora. Pero recuerda de sobra que ella comenzó a faenar cuando tenía siete años, en 1913, un año antes de que estallara la I Guerra Mundial.

«Mi madre tenía ocho hijos. Una de mis hermanas me llevó a la casa de unos terratenientes en Barajas con esa edad para cuidar a los niños más pequeños de la familia del señor, que se llamaba Enrique Barajas», relata acompañada de sus hijos: Ascensión Losada, la mayor de los cuatro, de 81 años, aunque aparenta diez menos; Ignacio, de 76, y María del Carmen, de 69. Tenían un hermano mayor que ahora tendría 83 años, pero falleció. Tiene 10 nietos y 11 bisnietos.

En ese caserón que ahora se ubicaría junto al aeropuerto, Puri permaneció sirviendo a la familia hasta que se casó a sus 24 años con su marido ya difunto, Simón. Era 1930. Se mudaron a la que ahora se conoce como la calle de Teseo, 25, junto a Arturo Soria, de donde la expropiaron hace 30 años para construir chalés.

Ya iniciada la Guerra Civil —que le costó la vida de tres hermanos a esta mujer—, mientras Simón servía de conductor en el frente, Puri se iba a recoger la cosecha de guisantes y habas que habían sembrado en las tierras del Campo de las Naciones.

60 kilómetros al día a pie

«Otras veces espigaba en Meco. Íbamos con grandes sacas», cuenta. Más de 60 kilómetros que se hacía a pie entre ida y vuelta para alimentar a sus hijos. Otras, el camino para esta misma labor era hasta El Pardo. Ella cogía el tranvía hasta Fuencarral y de allí andaba hasta el campo de El Pardo. «Su miedo siempre era que la Guardia Civil les quitara la carga porque cuando regresaban era de noche. A veces los agentes lo hacían y tenían que regresar a por más mercancía para darnos de comer. Los años de la Posguerra fueron horribles», narra su hijo. Puri suspira al término de la frase, bien sujeta a su garrote.

Cuando finalizó la posguerra, el marido de Puri fue mejorando su posición laboral. Entonces ella se dedicó de lleno a su familia. Había que limpiar a mano la ropa de seis personas en casa, cocinar y educar. «No ha hecho falta mi marido para educar a mis hijos», asegura. Cuando se le pregunta por su secreto para llegar a su edad lo primero que responde es «la obediencia». Por los tiempos que le ha tocado vivir, Puri no ha sido nunca una mujer alegre ni bromista, aseguran sus hijos. La seriedad y rectitud la lleva grabada a fuego desde que entró a servir como niña.

Esta mujer ha leído a diario el periódico hasta sus cien años. Siempre se ha interesado por la política. Su ídolo, José María Aznar. «Ya no voto. Fue al último que voté.Ahora sé que está Rajoy porque lo puso él». Suena la campana en la residencia Casablanca de Rivas Vaciamadrid, donde vive desde hace cuatro años. «Es la hora del puré. No tengo hambre, pero hay que comer», dice enfurruñada. La llevan desde su cuarto hasta el comedor, donde se pierde con el resto de compañeros. El director del centro, Andrés Fernández, asegura: «Es la persona que menos pastillas toma de toda la residencia».