Menos cartas para los mismos buzones
En la Comunidad de Madrid hay 1.500 buzones de Correos - abc

Menos cartas para los mismos buzones

En la Comunidad de Madrid quedan 1.500 buzones cilíndricos mientras el volumen de correspondencia sigue bajando

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Hace un siglo, en enero de 1914, los tranvías de Madrid inauguraban un nuevo servicio: un buzón de correo junto a sus puertas de acceso. Todos los madrileños sabían que, salvo en los «Canarios» y las «Jardineras», tenían un punto de depósito para sus cartas. Y según avanzaban por las vías, más cerca estaba la misiva de llegar a su destino. Pero cien años después, el panorama ha cambiado. Tanto que es probable que muchos vecinos no sepan dónde se encuentra su buzón más cercano. O, si lo recuerdan, puede que al ir a buscarlo se den cuenta de que ya no está en el mismo lugar.

¿Dónde están los famosos cilindros amarillos de acero galvanizado? No, no se trata del juego «buscando a Wally» en versión madrileña. Las nuevas necesidades y el desarrollo urbanístico han hecho que, en ocasiones, Correos los reubique. «Si por razones operativas se quita un buzón, a la vez se instalan nuevos o se reinstalan en otras zonas más operativas», asegura un responsable de Correos de Madrid.

En la Comunidad quedan 1.500 buzones cilíndricos a disposición de sus casi seis millones y medio de habitantes. De ellos, 669 están en la capital. Y, pese a que la sensación pueda ser que se ha reducido su cantidad, en la empresa aseguran que se han mantenido e, incluso, aumentado «en los últimos años». Como ejemplo, se remiten a 2012: «Se instalaron tres nuevos, aunque no sea un dato especialmente remarcable».

Pero una mirada a la primera década de este siglo muestra un escenario muy distinto: la telefonía móvil no tenía la implantación actual —en el año 2000 había 24 millones de líneas móviles, frente al más del doble que hay en la actualidad—, los emails no estaban tan extendidos y las redes sociales aún estaban naciendo. Ahora, hasta se han planteado cambios que parecen de ciencia ficción: mientras Amazon experimenta para implantar un sistema de envío a domicilio con drones, en Canadá han anunciado que los carteros no llamarán otra vez a sus puertas dentro de cinco años y, en España, Correos ofrece un servicio por internet para imprimir la carta —remitida a la web—, para después ensobrarla y enviarla ellos. El mercado, en declive por la «sustitución electrónica», como explicaban en su informe de 2012, requiere nuevas fórmulas.

Son los frentes abiertos por la evolución del sector y las tecnologías. En los últimos diez años, el volumen registrado de correspondencia y paquetería ha descendido mucho: si en 2003, Correos admitía un total de 5.461 millones de envíos, en 2012 la cifra era de 3.641 millones. Sólo en Madrid, se gestionaron en ese año casi 1.800 millones de envíos, en donde también se incluye el gestionado desde las oficinas, por internet...

Y los buzones no podían quedarse fuera. Aunque en los últimos años se estén manteniendo, los datos a nivel nacional reflejan que la mayor reducción del número de buzones de admisión se produjo entre 2002 y 2004. Se pasó de 40.564 a 33.063, es decir, más desiete mil buzones menos en dos años, según recopiló Eva María Mora Valentín, catedrática de la Universidad Rey Juan Carlos, en un estudio sobre el cambio estratégico y organizativo de Correos y Telégrafos. Cómo se plasmaron esos datos de hace diez años en la Comunidad de Madrid, en Correos dicen no tenerlos. Además, la recogida de los buzones no corre a su cargo, sino que forma parte de uno de los servicios externalizados por la empresa.

Lo que parece indudable es que cada vez será más raro encontrar, como un tesoro, las líneas de la historia escritas a mano y enviadas entre un mar de sobres, como la del descubridor del ADN Francis Crick, quien escribía en 1953 a su hijo en un internado para contarle su hallazgo. «Creemos que hemos encontrado el mecanismo por el cual la vida viene de la vida. Puedes comprender por qué estoy tan ilusionado». Una carta en la que se informó por primera vez del hito científico, semanas antes de que fuera publicado en la revista Nature.