Don Felipe De Borbón y Grecia, Rey de España

El Rey, el mejor valedor de la marca España en la escena internacional

/ ALMUDENA MARTíNEZ-FORNéS / MadridIr al artículo
Don Felipe, durante su intervención en la Asamblea General de Naciones Unidas, el pasado mes de septiembre
Don Felipe, durante su intervención en la Asamblea General de Naciones Unidas, el pasado mes de septiembre

El arma más valiosa de un Rey constitucional de principios del siglo XXI, sin poderes ejecutivos, es su capacidad de influir, dentro y fuera de nuestras fronteras. Sin autoridad moral no podría ejercer sus funciones institucionales ni su responsabilidad social. Las advertencias y recomendaciones de un Rey sin influencia caerían en saco roto en los oídos de sus interlocutores.

Don Felipe lo sabe desde que empezó a tener uso de razón y descubrió en qué consistía su peculiar oficio de Rey. También aprendió muy pronto que solo se podría hacer acreedor de esa autoridad moral con una conducta íntegra, honesta y transparente en su vida oficial y privada, con inteligencia política en el desarrollo de sus funciones y con el aprecio y respeto de los ciudadanos.

Aunque en España apenas tuvo que darse a conocer, porque fue persona pública desde que nació, sí que invirtió muchas horas en vuelos, noches de hotel, tomas de posesión y encuentros internacionales, hasta que logró convertirse en un interlocutor privilegiado en el exterior. Y en cuanto fue proclamado Rey, tras la abdicación de Don Juan Carlos, aprovechó la ocasión para intervenir como Jefe de Estado en los más importantes foros del mundo. Hoy sería difícil encontrar una agenda mejor que la de Don Felipe, no solo en número de contactos, sino también por su importancia. Conoce personalmente a muchos de los que son, han sido y serán.

La capacidad de influir de un Rey es muy diferente a la del resto de las personas, ya que solo puede ejercerla en beneficio de los intereses generales, sin poner jamás en riesgo la independencia de la Corona, su neutralidad política o la igualdad de oportunidades de todos los españoles. Si incumpliera estas normas, su influencia desaparecería.

A diferencia de los políticos, que cada cuatro años deben someterse al dictamen de las urnas, el Rey dispone de plazos largos para ejercer su influencia. Así puede impulsar los grandes cambios que precisa un país para modernizarse y progresar. O, como ahora, para adaptarse a la nueva era tecnológica que está cambiando radicalmente el mundo.

Don Felipe está convencido de que «nunca antes en la historia de la Humanidad y en un espacio de tiempo tan corto se habían producido cambios tan grandes». O nos anticipamos, o nos arrastrarán. «No debemos esperar a que esa nueva realidad se imponga sobre nosotros -advierte-. Tengamos, en cambio, la fuerza y el empuje suficientes como país para anticiparnos y asumir el protagonismo necesario en la nueva era que se abre ante nosotros». Esa es precisamente la idea que se repite en los discursos más importantes del Rey, desde el de su Proclamación hasta el último Mensaje de Navidad. «No son tiempos para divisiones internas», advierte, sino para trabajar todos juntos «para la mejor España».

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