Juan Manuel se enganchó a la drogas cuando era joven, en Vilagarcía. Su esposa también. Ella perdió la vida con 40 años víctima de la hepatitis. Él fue condenado por tráfico de drogas y atracos
Juan Manuel se enganchó a la drogas cuando era joven, en Vilagarcía. Su esposa también. Ella perdió la vida con 40 años víctima de la hepatitis. Él fue condenado por tráfico de drogas y atracos - Miguel Muñiz

Generación en blanco

Los supervivientes de décadas de excesos no tienen reparos en hablar. Son hijos de unas madres a las que primero llamaron locas, después coraje. Nadie se ha atrevido a cifrar las muertes que la droga dejó en Galicia

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Juan aparca coches en una explanada cercana al mercado de Vilagarcía de Arousa. Dirige a los conductores hacia las plazas libres y les da indicaciones, pero no es un gorrilla. «Yo no pido dinero, espero la voluntad», aclara sonriente. Tiene 38 años y la esperanza de formar una familia. «Me gustaría tener hijos, algún día, pero no tengo nada que darles», confiesa de camino al centro donde cada día le suministran su dosis de metadona. Su historia es la de miles de chicos que durante la década de los 80 y los 90 entraron en contacto con la droga y el narcotráfico. Muchos de los compañeros de Juan cayeron por el camino, «los podría contar a decenas. Sobredosis, SIDA, hepatitis... la mierda de la droga» asume.

«Con una raya trabajas mucho más rápido»

Aunque ya no recuerda la primera vez que consumió, este vilagarciano de padres emigrantes no tiene reservas en narrar su participación en las descargas de alijos que los narcos organizaban a pie de playa al amparo de la noche. Muchos jóvenes criados en las localidades costeras por las que la droga empezó a colarse en Galicia acabaron siendo partícipes de una cadena humana que les garantizaba su dosis y grandes cantidades de dinero. La clave, nunca traicionar al narco. «No tenían problema en pegarte un tiro si te intentabas llevar un fardo», confiesan ahora sus antiguos mulos. «Era trabajo. Buscaban a gente que sabían que no les iba a fallar. Íbamos siete, ocho, nueve, depende. Todos de confianza. Descargábamos una planeadora en nada. Cuando te has metido una raya trabajas mucho más rápido», anota con naturalidad.

De la calle a la cárcel y viceversa

Cuando los traficantes contactaron con Juan para introducirlo en su red, él tenía poco más de dieciocho años. A su madre, retornada de Alemania junto a sus otros cuatro hermanos, le decía que le había salido un chollo. Nunca le contó lo que hacía hasta que ya fue tarde. «Al principio todo el mundo miraba hacia otro lado», lamenta. Luego, dos hermanos más siguieron sus pasos. «Esta mierda, esta mierda» masculla su mantra. «Mi madre sufrió mucho, pero yo la cuidé hasta el final», dice. La mirada, las cicatrices y el andar desgarbado de Juan resumen lo que ha sido su vida. De la calle a la cárcel y de la cárcel a la calle. Así de sencillo. «Estoy marcado, tengo una cruz», ataja.

A las puertas del centro donde se reparte la metadona esperan una docena de personas. No es la hora y el tiempo se mata entre risas y algún que otro trago de una litrona compartida. La media de edad de los allí congregados no engaña. Son chicos, en su mayoría, a los que el boom del narcotráfico en la costa gallega alcanzó de lleno. Su futuro se bloqueó cuando se engancharon y ahora son los supervivientes de una generación perdida que apuntaba maneras. Muchos de ellos eran jóvenes formados con una carrera por delante. Escarbando un poco en sus historias no es difícil encontrar a personas instruidas en solfeo y pintura, algunos a punto de iniciar estudios universitarios o de convertirse en militares. Sus familias, la mayoría de clase media, «no lo vieron venir, nadie lo vio venir».

«Empiezas a robar en casa. La heroína engancha»

Las primeras en reaccionar ante una lacra que dejó un reguero de vidas vacías fueron las madres. «Empiezas a robar en casa, la heroína engancha, y de repente llega la pasta. Se ganaba mucho si tenías la confianza de los jefes. Lo veíamos a diario. Fue una cosa tremenda», recuerda uno de los hombres que esperan turno. Luego vinieron las primeras muertes. «Te lo cuentan, te asustas, no te lo crees, no te lo quieres creer». Quien habla es Juan Manuel. Es de los mayores del grupo y de los pocos que quedan de su generación, la que estaba en primera línea cuando los capos cambiaron el tabaco por la droga. De engancharse a vender hay un paso corto que algunos de ellos dieron. El segundo paso los llevó directos a prisión.

«Las madres de la droga»

En las afueras de las cárceles españolas, donde muchos toxicómanos de la época fueron a parar, se libró una ardua batalla abanderada por las que más tarde se conocerían como «las madres de la droga». Su cabeza visible, Carmen Avendaño, se encaró con los innombrables de la época, los clanes de los Charlines, de los Oubiña. Coincidiendo con la excarcelación de uno de los grandes capos, Sito Miñanco, Avendaño recuerda una época de lucha y de encuentros continuos con los jueces de los que dependían las condenas de los narcos y también las de sus hijos.

«Cuando el juez Castro introduce el destierro de Miñanco en el auto de excarcelación es porque él conoce perfectamente el daño que esa gentuza hizo en Galicia. A finales de los 80 él era juez de vigilancia penitenciaria», explica a ABC. Pese a la prohibición expresa de que Miñanco se acerque a la Comunidad gallega, esta madre coraje habla en representación de una legión de luchadoras que dudan de la puesta en libertad del conocido como «rey de la cocaína». Exigen que sus hijos cuenten con la misma benevolencia que los narcos gallegos más famosos, enriquecidos a costa de muertes y vidas desperdiciadas.

Cicatrices del pasado

Juan Manuel conoce bien la pelea de estas madres. Compartió celda durante años con sus hijos por delitos de tráfico de drogas y atracos. «Decían que estaban locas, pero mira, si no hubiese sido por ellas...». Hubo madres que incluso salieron a comprar para que sus hijos no robaran. Con la frase en el aire, este vilagarciano se derrumba. «El trullo es lo peor, lo peor, y nosotros somos adictos», explica mientras se remanga el brazo derecho. Bajo la ropa, las marcas de haberse intentado quitar del medio en prisión.

Son las doce y el reparto de metadona arranca. Lejos queda la época dorada de un negocio que floreció a costa del desconocimiento y la desinformación. Hoy permanecen los supervivientes, el dolor, los logros de décadas de batallas y el recuerdo de lo que pudo ser y se truncó. No hay cifras, ni porcentajes, ni estadísticas. Nadie se ha atrevido a poner número a lo que esa marea blanca arrastró. «La droga, que se nos cruzó en el camino. La mierda de la droga», resuena.