En enero de 2006, Fraga entregaba el testigo del PP gallego a Feijóo, arropado por Mariano Rajoy
En enero de 2006, Fraga entregaba el testigo del PP gallego a Feijóo, arropado por Mariano Rajoy - m. muñiz
política: 20 años en galicia

Galicia, del auge del «fraguismo» a la renovación de Núñez Feijóo

La Comunidad evitó el contagio del virus secesionista al tiempo que impulsó su autogobierno e identidad. El paso por la oposición aceleró la renovación en un PP que sigue siendo hegemónico

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Hace veinte años, el PP gobernaba Galicia con una mayoría absoluta holgada. Veinte años después, el PP sigue gobernando Galicia con otra mayoría absoluta, igualmente holgada. Pero salvo el hecho de que Xosé Manuel Beiras sigue en la oposición con sus modos estentóreos y el mismo discurso que hace dos décadas, nada es como entonces. Ni en nombres, ni en formas, ni en gestos. La Galicia que ha narrado ABC estos veinte años es la que asistió al auge del «fraguismo», su lógico agotamiento, y la irrupción de una nueva generación de políticos en el centro-derecha, que ha renovado la imagen y el discurso del partido mayoritario.

Dos procesos contrapuestos, ocaso y principio respectivamente: el del veterano político que se retira a su Galicia natal para saborear finalmente las mieles del incontestable éxito electoral durante 16 años consecutivos, y el del joven líder que tiene en esta tierra el punto de despegue de su trayectoria política.

La Galicia de estos veinte años es la que va desde Manuel Fraga a Alberto Núñez Feijóo, un círculo perfecto entre pasado y futuro en el que el breve bipartito de socialistas y nacionalistas sirvió de estímulo para acelerar ese proceso de renovación ideológica y personal en el PP gallego. Dos personalidades que no pueden ser más diferentes, dos modos de entender la gestión pública con notables asimetrías, dos momentos económicos opuestos para desarrollar la acción política desde el gobierno de la Xunta.

Es el relato de una nacionalidad histórica que, lejos de contagiarse del virus secesionista de Cataluña y País Vasco, ha afianzado su pertenencia al proyecto colectivo de España sin que eso menguara un ápice su marcada identidad social y cultural, desarrollando e impulsando su autogobierno. Eso explica en buena parte el fracaso de un nacionalismo cada vez más minoritario por sus luchas intestinas, pero que llegó a superar al socialismo a finales de los noventa, un «sorpasso» que hoy sólo recuerdan los más viejos del lugar. Y son también dos décadas de un PSOE incapaz de configurarse como una alternativa sólida y que necesitó de una coalición poselectoral con el BNG para desbancar a un candidato de 83 años al que apenas le faltaron 7.000 votos en la provincia de Pontevedra para repetir mandato por quinta vez en aquel junio de 2005.

La época dorada de Fraga

Pronunciado hoy, el nombre de Manuel Fraga suena a evocación de un tiempo pasado muy lejano. Pero la Galicia política de hoy no se entendería sin su figura. En 1996, la gaviota había consolidado la absorción de todas las fuerzas del espectro del centro-derecha gallego, acumulaba dos mayorías absolutas consecutivas en elecciones autonómicas y el control de las cuatro diputaciones provinciales sin asomo de debilidad. Eran un partido y un gobierno construidos alrededor de la fortísima y carismática personalidad de Fraga Iribarne.

El contrapunto a Fraga, su hombre de confianza, la persona en quien delegó la construcción de la estructura del PPdeG y el férreo control de la Xunta, era José Cuiña, el eterno sucesor. La historia se habría escrito con otros protagonistas de no mediar el accidente del «Prestige», que intensificó el desgaste del último gobierno Fraga, sacó a Cuiña de la ecuación sucesoria y trajo a Feijóo a Galicia.

La amarga victoria de 2005, en la que el PP ganó pero no gobernó por faltarle un solo escaño para la mayoría absoluta, importó a Galicia las coaliciones del socialismo con los nacionalistas, un modelo basado en la falta de unidad de acción y cosido con los generosos presupuestos de la época de la bonanza económica. La fórmula se impuso en los ayuntamientos, un acercamiento de los desgobiernos que los ciudadanos castigaron en 2011, azuzados también por la irrupción de la crisis y la gestión de Zapatero.

El «nacionalismo amable» de Anxo Quintana y el aura presidencialista de Emilio Pérez Touriño no fueron suficientes para frenar la imagen de despilfarro del bipartito, de la que ABC dio buena cuenta en sus páginas. El PP había hecho los deberes impulsando una renovación de personas y discursos, rejuveneciendo su cartel electoral. Y Feijóo logró una victoria en 2009 con la que nadie contaba.

Tras tres años y medio de dura gestión económica, con 3.500 millones de euros menos que el bipartito para gobernar Galicia, Feijóo adelantó las elecciones en 2012 y recibió un espaldarazo definitivo de la sociedad aumentando sus escaños. El desnorte de PSOE y BNG lo aprovechó la izquierda radical, ahora llamada AGE, un cajón de sastre ideológico. Y como rostro visible, Beiras, que veinte años después sigue paseando por el Parlamento.