La libertad de los neopaletos

POR ABEL VEIGA
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Parece que ahora, entre las muchas preocupaciones de sus señorías parlamentarias de la oposición en el Hórreo, está también la de cuidar el civismo y el entendimiento de la verdadera libertad de quiénes, los neopaletos, acuden a las plazas de toros, dada que su capacidad de discernimiento, volitiva y de decisión libre y racional, debe verse afectada por algún tipo de vicio, de error o tal vez de virus. Olvidan este «frente taurino» que la libertad de uno empieza pero sobre todo, termina, donde empieza la de los demás, y la de estos donde empieza la de aquél. La oposición de izquierdas y nacionalistas se suma, se sube, se adhiere a la nueva sancta santorum contra las corridas de toros, o festejos taurinos, en las dos plazas fijas que hay en Galicia, Coruña y Pontevedra. Líbrenos la inquina de no llamar Fiesta Nacional, pues tal vez el epíteto sería que seríamos unos fascistas, españolistas o lo que fuer o quisieren los aforados.

No contentos con ello parece que también molesta que para cientos de gallegos, movidos por el esnobismo tal vez jacobino, tal vez ultramontano del todo, pero no girondino, sea tomar por referentes sociales a los toreros, figuras de nuestra perversión en la conducta y el comportamiento. El ojo que te ve no es ojo por que tú lo veas, sino porque él te ve. Nacionalistas y algunos diputados socialistas en el Hórreo se erigen en maestros de la ética, la dignidad, los referentes morales, salvadores de nuestras conciencias. No seré yo, modesto «opinador1» quién se erija en defensor acendrado de las corridas de toros, pero sí lo seré de la libertad de quiénes quieren ir, sentir, vivir y/o sufrir, en una plaza de toros.

Lo peor de una sociedad es prohibir y restringir la libertad de algo y para algo salvo que sea delictivo, y que sepamos no lo es. Podremos estar más o menos de acuerdo en el sufrimiento que sufren los animales, a veces se les mortifica en extremo, podremos tener más sensibilidad o no, más arraigo a ciertas costumbres o negarlas, pero no prohibirlas. Tienen todo su derecho quiénes estén en contra, o entienden que es mal trato animal a manifestarse e incluso a tratar de conseguir cambios en las leyes para que estos espectáculos, y hasta hay que tener cuidado con emplear el término espectáculo, se restrinjan, prohíban o lo que sea, porque también es libertad de quiénes lo niegan, hacerlo, y nuestra reconocérselo. Eso sí, sin tiranías ni imposiciones. Tampoco hipocresías. Pero sin insultar, sin llamar paleto ni neopaleto a quién quiere ir a un coso taurino, a una tienta o simplemente a donde dentro de la legalidad le plazca a otro ciudadano. Moralmente no es mejor aquél que éste, ni éste que aquél. Si así entendemos la libertad, que no pidan respeto.

Pero no solo eso, lo triste es que se distraigan en estas cosas, las del insulto, sus ilustres señorías que nos representan a todos, incluso cuando algunos jalean a los de las tribunas que revientan las sesiones plenarias. Hasta en eso los gallegos somos libres y tolerantes. Pero lecciones, ninguna de quiénes insultan, porque después del insulto ¿qué? Anda que Galicia no tiene problemas de verdad y necesidad de que se los resuelvan.