Maider Castillo pasa ahora a los banquillos con el filial del Levante
Maider Castillo pasa ahora a los banquillos con el filial del Levante - ROBER SOLSONA
DEPORTE FEMENINO

Maider Castillo: Arraigo de gran capitana

Maider Castillo, una de las leyendas del fútbol femenino y del Levante, repasa su exitosa carrera antes del salto a los banquillos

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Dijo Scott Fitzgerald: «Puedes acariciar a la gente con palabras». Ciertamente. Pero todo depende del ámbito. Quizá eso se puede lograr también con el deporte. Generar ese algo especial que llega a desentrañar a quien acude como espectador o que lo práctica junto a alguien diferente. Con un fútbol veraz, firme, honesto y humilde, rotundamente pasional, puede decirse que Maider Castillo Muga (Eibar, 3/8/1976) logró alcanzar la afirmación de Fitzgerald y contar con el respeto del fútbol femenino español, del que es leyenda y referencia. Ahora, se despide.

Maider lo tenía claro: «Quería decidir yo cuándo era el momento. Que yo dejase el fútbol y no que el fútbol me dejase a mí. Y creo que lo he conseguido. En esta, mi última temporada, prácticamente lo he jugado todo». La capitana, con el eterno «3» a la espalda, camino de sus 39 años, pasando catorce de estos en el Levante, decidió meses atrás finalizar una longeva y exitosa carrera como jugadora para proyectarse ahora como entrenadora.

¿Qué le ha dado el fútbol? «Todo. He sido feliz», afirma. Sus ligaduras con el deporte se ajustaron desde muy pequeña. Desde que en Eibar, en el colegio, en las ligas interescolares multideporte, empezó con el atletismo, el balonmano y el fútbol sala. Pero lo suyo, sin duda, era dar patadas a una pelota: «Creo que nací con un balón. Mi padre era futbolista. Lo llevo en los genes. Me pasaba el día jugando a fútbol con mi hermano». Jugó en sala hasta los catorce años. Luego, lo compaginó con el fútbol. Cuando empezó no había base femenina, de modo que «jugaba en el equipo en un coral de edades. Jugaba con catorce años con gente que tenía treinta o más años», recuerda.

«Siempre fue mi prioridad, tanto cuando no percibía nada como cuando se convirtió en algo profesional. No me perdía un entrenamiento. Era mi pasión y no le ponía condiciones», explica Maider, al tiempo que recupera una foto mental de cómo era entonces el fútbol femenino: «No teníamos ni preparadores físicos, ni médicos. No tenías nada. Todo eso ha ido viniendo poco a poco. Paso a paso. El fútbol femenino ha ido evolucionando, pero lógicamente aún tiene que avanzar mucho más».

Maider, a los 18 años, se marchó a Vitoria a estudiar la Licenciatura de Educación Física. Entonces, explica, «estaba durante la semana en la universidad, regresaba los viernes a Eibar, entrenaba un día y jugaba el domingo para volver a Vitoria. Eso ahora es impensable». Finalizados los estudios se desplazó a Madrid para estudiar Fisioterapia y comenzó una etapa de dos años en el Torrejón, uno de los conjuntos importantes del momento.

Con la Selección a los 19

En paralelo, llegó la llamada de la selección española cuando no había categorías inferiores. Sólo había absoluta y le vino «por sorpresa». Tenía 19 años. Se incorporó para la fase de clasificación para el Europeo de 1997. «Quedamos segundas de grupo y jugamos una eliminatoria a ida y vuelta con Inglaterra. Ganamos 2-1 en casa y allí empatamos a dos. Y fuimos al Europeo del 97», explica la defensa vasca, al tiempo que significa que «estuve luego once años».

Dos cursos pasó en Torrejón. El Levante, uno de los clubes más potentes a nivel femenino, le fichó y ya fue para siempre -«fue el momento en el que el fútbol pasó a ser profesional para mí»-. Desde entonces, catorce temporadas siendo santo y seña levantinista, acumulando dos Superligas y cuatro Copas de la Reina. «No sé qué puedo haber dado al fútbol. Si he estado tanto tiempo jugando (25 años), habré dejado algo. Al Levante, creo que experiencia, compromiso, implicación, el amor a unos colores, el sentimiento por la entidad».

Maider lo ha vivido todo en el Levante. Temporadas en las que el equipo lo ganaba todo y era además el objetivo -«el primer año llegué e hicimos doblete»-. Tiempos de transición con bajada de presupuesto, en los que la filosofía fue mezclar futbolistas veteranas con jóvenes de la casa. Ahora, se mantiene en eso, aunque también se buscan jugadoras con proyección de fuera.

Todo un continuo aprendizaje, al tiempo que ella siguió formándose, sacándose además los niveles de entrenador para el mañana que es hoy: «He aprendido de todos los entrenadores que he tenido. Sería injusto nombrar a alguno especialmente. Y lo mismo con las compañeras. Intenté ayudarles y ellas conmigo lo han hecho. Sí es verdad que Ruth García para mi es como mi hermana. Y también puedo destacar el significado para mí de Marina Nohalez, Mariví o Mariajo».

Momento elegido

En el deporte de alto rendimiento se da ese especial y duro momento de considerar y decidir cuándo es el día de dejarlo. «La decisión fue complicada y muy meditada, porque son muchos años haciendo lo que más te gusta. Cuando me rompí el cruzado -a los 35 años, antes nunca tuvo ninguna lesión grave-, acabé jugando esa temporada, pero las sensaciones no eran buenas. Y quería acabar a buen nivel. Creo que ha sido el momento. He jugado prácticamente todo», explica Maider al tiempo que subraya que «he tenido la oportunidad de decidir dejarlo yo. Siempre he dicho que cuando me retirase quería que la gente tuviese una imagen buena de Maider. No quería retirarme arrastrándome y dejando una imagen de cómo ha acabado. Y en ese sentido el objetivo está cumplido».

Maider es dura. Reconoce que «me cuesta llorar», aunque «ha habido alguna lágrima en privado. Con los míos he llorado. Pero de alegría, de emoción». Al final, ya guarda fotografías imborrables de toda su carrera y de su adiós -«al principio las compañeras no lo creían, pensaban que como decía todos los años. Pero cuando se dieron cuenta, me han respetado mucho»-. El detalle final se lo puso el Levante, su casa, con un homenaje en el Ciudad de Valencia.

Maider ahora pasa a los banquillos. Buscará acariciar a la gente que sigue el fútbol femenino con su hacer como entrenadora. Para empezar con el filial levantinista: «La única forma de aprender es ponerse a pie de campo, entrenar, equivocarte, acertar, corregir,... Ahora voy a coger experiencia y mejorar día a día junto a mis jugadoras».