A PUNTO

Abdicación anunciada

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La proclamación del Rey Felipe VI, y el acertado inicio de su reinado, no ha puesto fin a los comentarios y especulaciones sobre las razones que pudieron llevar a abdicar a su padre, el Rey Juan Carlos I, así como el momento en que pudo tomar y madurar su difícil y dura decisión. Los hay que han seguido desgranando hipótesis que han rebozado con toda suerte de inquinas y fobias, lo cual, seamos serios, no ayuda a entender lo ocurrido sino todo lo contrario.

El mismo día de la pasada semana en que el joven Rey Felipe VI juraba antes las Cortes Generales, compartía café con un importante empresario valenciano en su despacho. La conversación se veía acompañada de fondo por los aplausos y vítores que los madrileños, por miles, dedicaban a don Felipe y doña Letizia en su paseo por las calles de la Villa y Corte.

El empresario, que no es de los que suele dejarse nada por decir cuando cree que “eso” es lo que debe decir, me hace un reproche corporativo a la profesión que aún me tiene tan enganchado como lo estaba cuando la inicié hace más de cuarenta años. “Cómo sois los periodistas”, me comenta con un punto de socarronería, “cómo os gusta rizar el rizo especulando con el momento en que el Rey don Juan Carlos tomó la decisión de abdicar”.

Permítame el lector que siga haciendo gala del respeto que siempre he tenido hacia el confidente que no a la confidencia, para no dar pista alguna sobre su personalidad. El sorbo de café me impidió comentar nada en aquel momento, lo que aprovechó mi interlocutor para rematar: “El pasado mes de septiembre, en un encuentro con el Rey me preguntó haciendo un aparte del resto de colegas presentes en la audiencia, que cómo veía que abdicase en junio de 2014”.

Un gesto de incredulidad debió reflejarse en mi rostro. Sorprendido por cuanto acaba de oír, el empresario – cuya relación con el Rey Don Juan Carlos es pública y notoria, de ahí que yo tenga sobradas razones para saber que no se trata de una fantasmada— me lo remarca con un añadido que pretende poner un toque de modestia: “Quiere decirse que si una persona como yo era conocedor de los planes del Rey, otros cinco mil españoles estaban igualmente enterados. No entiendo, por tanto, que se siga hablando sobre qué pensaba el Rey y cuál era su decisión y el momento en que iba a tomarla y hacerla pública”.

Fin de la confidencia. Lo que es seguro –y no sólo porque los periodistas digan o dejen de decir—es que no faltarán quienes sigan recargando las pilas para especular sobre el particular.