Ilustración histórica de la celebración del día de Todos los Santos
Ilustración histórica de la celebración del día de Todos los Santos - ABC
COMUNIDAD VALENCIANA

El costumbrismo de Tots Sants

La celebración del Día de Difuntos no ha sido siempre en Valencia como la conocemos ahora

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Tots Sants, una jornada que forma parte del costumbrismo, el recuerdo a todos los seres queridos, el día que se hace obligada la visita a los cementerios, llevándoles flores y aprovechando para arreglar las lápidas y los nichos.

El acudir a los cementerios el día de Tots Sants era de obligación moral, familiar y casi de absoluto cumplimiento. Acudían muchas familias aunque no tuvieran allí enterradas a ningún ser querido. Rezaban como acto de piedad y de devoción hacia los difuntos.

Antiguamente, en Valencia ciudad, el día 1 de noviembre se veía gran movimiento de gentes. El camino al cementerio se hallaba abarrotado de carros y tartanas de familias enteras, de riguroso luto, portando flores, llumetes i fanals que colocaban alrededor de las sepulturas, mayormente si habían perdido ese año al ser querido. Era muy curioso ver encendidas todas las llantias i cresolets de aceite, incluso, se decía que podía calcularse el número de difuntos de un año por el número de luces encendidas. La multitud no sólo se congregaba en el camposanto, también se veían grupos en las inmediaciones, en los campos de huerta junto al antiguo camino de Picassent, y allí se organizaban meriendas y juegos. En ocasiones tal fue el jolgorio que hizo intervenir a las autoridades y prohibir estas conductas.

En recuerdo de los fallecidos no sólo se encendían las luminarias en las iglesias, sino que también lo hacían los familiares en sus domicilios con velas y las típicas minetes, que subsisten actualmente y se pueden adquirir en la puerta de algunas iglesias, como la de San Nicolás. Se organizaban las típicas comidas de difuntos que eran reminiscencias del llamado día de partir pá. Actualmente ya no se organizan estas celebraciones culinarias pero subsisten los dulces que simbolizan los restos de un fallecido, los característicos mazapanes huesitos de santo que se ven en las confiterías.

Las familias visitaban las iglesias. Éstas se hallaban adornadas con crespones negros rodeados de velas encendidas. Entre los siglos XVIII y principios del XX, en la entrada, se instalaban mesas con estampas que contenían plegarias relativas a los difuntos y a las Almas del Purgatorio, junto al limosnero donde se dejaban unas monedas para los sufragios. Más antiguamente, en las fachadas de las iglesias, se colocaban unos grandes cartelones con oraciones, pinturas y grabados alegóricos representando motivos funerarios. Todo este conjunto ofrecía un carácter fúnebre y de tristeza, como lo era el primero de noviembre.

También era costumbre el tener cerradas las dos hojas del portal de la casa mortuoria, dejando sólo abierto el postigo en los primeros meses siguientes a la defunción; posteriormente se cerraba sólo una de las hojas. Por el tiempo, también desaparecieron los postigos de las puertas en las modernas construcciones, y aunque siguió la costumbre de cerrar media puerta hasta mediados del siglo XX, este acto se hacía por un plazo corto, un día o dos a lo sumo.

Uno de noviembre, día de luto, silencio y respeto a los familiares que nos dejaron. Cresolets i minetes encendidas, de lápidas limpias, esplendorosas, y puertas cerradas parcialmente como señal fúnebre. Día de boniatos, calabazas, castañas y huesitos de santo, como dulce recuerdo al ser querido.

*Rafael Solaz es bibliófilo e historiador