EN TERCERA PERSONA

El colchón del inmigrante

javier molins
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Su nombre era Berta. Corría el año 1947 cuando su padre decidió hacer caso a su hermana, que se había exiliado durante la guerra civil a México, y abandonar Valencia para seguir sus pasos en busca de un mejor porvenir. Empaquetaron todas sus pertenencias con la idea de no volver nunca jamás. Su madre se empeñó en llevarse su nuevo colchón de lana. Se encaminaron hasta Bilbao donde embarcaron en un barco mercante, la mitad del cual estaba destinado a pasajeros hacinados en literas. Recorrieron media costa española y portuguesa haciendo innumerables paradas para descargar y cargar mercancía hasta que llegaron a Cádiz. Desde allí comenzaron una larga travesía para cruzar el Atlántico hasta que arribaron a Cuba, donde bajó buena parte de los pasajeros. El resto siguió hasta México pero allí no pudieron desembarcar pues el México republicano había roto relaciones diplomáticas con la España franquista.

Siguieron hasta Nueva York. Habían pasado 20 días sin bajar del barco. De allí cogieron un autobús que tardaría cinco días y cinco noches en llevarles hasta México. El colchón de su madre viajó, a pesar de las continuas protestas de su padre, en el mercante, en la baca de un taxi neoyorkino, en el maletero de un autobús norteamericano y en el techo de un autobús mexicano hasta que llegó a México DF. Allí, les esperaba la hermana de su padre, quien les acomodó en el cuarto de servicio donde solo había un colchón para cuatro personas. Su madre sacó ufana su colchón y le dijo a su marido que ella y los niños dormirían en colchones y que él fuera a ver lo que le podía ofrecer su querida hermana.

Cuando Berta, que tardó 27 años en volver por primera vez a Valencia, oía quejarse a los jóvenes españoles de hoy en día de lo duro que era tener que irse a trabajar a otro país, no podía evitar esbozar una sonrisa y pensar en el colchón de su madre.