corrococos

Catalonia, en sustraendo

obdulio jovaní
Actualizado:

Insuflado, oxigenado en las bocanas de aeroterapia del Clínico de Valencia, tantos lunes ausente, me encaramo de nuevo en la columna, en lo sucesivo cada quince días. Tantas modorras pasadas allí a pleno día, tantos vacíos nocturnos -noctívago, nocherniego a la fuerza- siempre a pie de gotero, he tenido sobrado tiempo de oír mil comentarios de cientos de españoles. Si en tiempos de Larra, España no era sino «un presidio rebelado»; si para Ortega era «un perpetuo motín de Esquilache», para Ángel Ganivet «cada español hace lo que le da la gana». Yo mismo viví una España de esperpento, de Vivas y Mueras en los urinarios. Aquí cada quisque tiene solución para todo, la palabra quejicosa y acerada, biliosa, los gestos iracundos. Eso sí, ahuecando la voz y las razones de salvapatrias y redentoristas, con un gen victimista y otro justiciero, movidos con fines vegetativos y rapaces, aspirantes a ingresar en algún escalafón, o de hacerlo en la Política: «Arte ramplón que se aprende mal y pronto, y en la española nación, es constante ocupación de algún sabio y mucho tonto» (Manuel del Palacio).

De ellos, los nacionalistas progresan, al resto, reculando hacia el instinto, el cercado -de masía o de caserío- cuyos catecúmenos reciben lecciones de malcrianza con historias ahormadas, selectivas, ora restrictas, ora hiperbólicas, siempre serviles y coercitivas, a modo de ciencia embuchada de descaros, de sopapinas y dicterios. En ello estamos, donde siempre estuvimos, en el acabóse, porque fuimos alanos, cántabros, antigones, bastetanos, caporos, cibercos, ilergetas, bártulos... y de cien etnias más cuya suprema dialéctica fue siempre la pedrea del vecino. Y seguimos con la algarada estrafalaria, facciosa y amotinada. Supe en la cama de los tormentos, que Chimo, Olga y Enric (¿Aixa, Fátima y Mariel?) corrieron a inmolarse en los altares secesionistas del seny. A dónde irán que no digan amén...