Llucia Ramis: «Prefiero los valores de mis abuelos que el nihilismo actual»
LLucia Ramis, fotografiada en Barcelona - ines baucells

Llucia Ramis: «Prefiero los valores de mis abuelos que el nihilismo actual»

La autora mallorquina indaga en la memoria familiar en «Todo lo que una tarde murió con las bicicletas»

sergi doria
Actualizado:

Llucia Ramis nació en 1977, el año de las primeras elecciones democráticas; de cuna mallorquina y raíces belgas, se pagó los estudios con sus primeros trabajos periodísticos, y se independizó de su familia a los veintitrés años. En 2008 debuta como escritora con “Cosas que te pasan en Barcelona cuando tienes treinta años” y dos años después gana el premio Josep Pla con “Egosurfing”.

Todo iba bien hasta que recibió el manotazo de la maldita crisis. El contrato del éxito se convirtió en papel mojado: “A la generación de mi madre le hicieron ver que eran capaces de tocar la Luna. La mía ha comprobado más de una vez cómo los sueños se estrellaban en directo”. La frase la pronuncia la treintañera protagonista de “Todo lo que una tarde murió con las bicicletas” (Columna/Asteroide). A partir de ese título, que remite a un verso de Pere Gimferrer, la autora indaga en la memoria familiar para contrarrestar un inhóspito presente.

-Sus tres novelas van del entusiasmo a la frustración. ¿Una trilogía de la crisis?

-A los treinta años prolongas el ritmo de vida juvenil y aplazas los problemas: vives la noche y prefieres tener dolor de cabeza por la resaca que por la hipoteca. En “Egosurfing” tomas conciencia de la superficialidad de las redes sociales… En “Todo lo que una tarde murió con las bicicletas”, la crisis ya está aquí y es una crisis estructural. No hay futuro y vuelves la vista al pasado, a todo lo que todavía permanece.

-¿Y qué le queda a su alter ego literario?

-Nuestros padres y abuelos creyeron en la Iglesia y los valores burgueses y nosotros nos creímos con derecho a un cierto status social. Todos pecamos de ingenuos. Mis abuelos no demonizaron a Franco y mi padre era un furibundo antrifranquista, pero ninguno cuestionó la Transición. Con todos sus errores, prefiero los valores de mis abuelos que el nihilismo actual.

-Contra ese nihilismo usted recupera los paisajes de su Mallorca natal y la figura de su abuelo belga, presidente de la empresa minera Transmontana de Zinc de Asturias… ¿Ejercicio nostálgico de un pasado que parece mejor?

-Los paisajes de los veranos de tu infancia son tu refugio. Un refugio que te salva, en el caso mallorquín, hasta que alguien lo destroza conn un puerto deportivo, o cuando la casa familiar asturiana se cae a trozos. El paisaje es tu recuerdo y no creo que la nostalgia sea un error.

-Cabezota, vehemente, un poco mandona y mimada. Así se presenta la protagonista de su novela. ¿Qué heredó de sus mayores?

-De mi abuela belga, cierta arrogancia. Frialdad y acentuada distancia emocional. Todo lo contrario de mi familia mallorquina que es cariñosa, cercana y afable. Ambas ramas comparten la necesidad de guardar las formas. La belga, con el orgullo del extranjero; la mallorquina, con un orgullo de clan siciliano.

-Y con ese orgullo… ¿cómo se administra el triunfo y el fracaso?

-Nunca me he sentido triunfadora. De acuerdo, con “Egosurfing” gané el premio Josep Pla y eso me abrió puertas y facilitó colaboraciones periodísticas. A diferencia de la protagonista de mi novela, cuando arreció la crisis no volví a casa para que me ayudaran mis padres, sino que viajé a Buenos Aires y escribí esta novela. Necesitaba hablar de mí, pero a través de mi familia.

-¿Y cómo ha recibido su familia tanta sinceridad narrativa?

-Mi madre me dijo que lo que contaba no interesaría a nadie y mi padre que me exponía demasiado. A mi abuela belga, que es más dura, no le gustó nada, aunque le intente convencer de que era un personaje. Cuando escribes una novela tan autobiográfica, primero te ríes, después te angustias y luego respiras.

-¿Su generación ha fracasado?

-Mi generación fue la primera en descubrir las nuevas tecnologías. Fuimos de las consolas a los chats. Tecnológicamente estábamos mejor preparados que nuestros profesores universitarios. Viajamos mucho, aprendimos idiomas. Nos educaron para trabajar muchas horas y recibir una recompensa por esos méritos profesionales… Hoy sólo se valora lo mediático. Sí, ese proyecto ha fracasado… ¡ya nos espabilaremos!