José Janés, el editor genial y prodigioso

En su centenario, Josep Mengual vindica la magnitud de su obra en «A dos tintas»

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Un accidente de automóvil, el 11 de marzo de 1959, se lo llevó de este mundo. Nacido en 1913, como Salvador Espriu o Ignacio Agustí, José Janés iba a cumplir 46 años, pero legaba una docena de iniciativas editoriales y medio centenar de colecciones con mil seiscientos títulos: «La cultura española entre 1939 y 1975 sería otra sin Janés, porque si bien es cierto que quizás otros hubieran publicado los libros que él publicó, se hace difícil pensar que alguien hubiera sido capaz de llevar a buen término tal empresa en el breve espacio de tiempo en que él lo hizo y en las circunstancias propias de una posguerra como la nuestra», señala Josep Mengual en su biografía «A dos tintas» (Debate). El centenario del editor se completa con una exposición en la sede de Random House Mondadori.

Desde 1934, cuando se pone en contacto con Eugenio d’Ors para publicar «La ben plantada», el veinteañero Janés ya combina el periodismo, la poesía y la edición. De formación autodidacta y huérfano, tras estudiar comercio en los jesuitas mantiene estrecho contacto con su generación: Martín de Riquer, Ignacio Agustí, Félix Ros, Sebastián Juan Arbó… Pero será en la posguerra, cuando Janés abra las fronteras de la España autárquica. A través de las editoriales Emporion, La Gacela, Ánfora y Lauro difunde a Huxley, Maughan, Márai, Hamsum, Zilahy, Fallada, Waltari, o Woodehouse. Al acabar la Segunda Guerra Mundial, Janés las absorbe en el sello homónimo: José Janés Editor y poco después adquiere las editoriales Lara y Apolo. «Janés publicaba mucho, bien y barato. En los años cuarenta era capaz de conseguir el papel de debajo de las piedras y de ganar dinero con ediciones de bibliófilo», advierte Mengual.

Extravertido, de verbo fácil, cosmopolita, Janés desarrolló una intensa vida social: «Vitalista, polifacético, multiatareado, sabía disfrutar de las amistades, de la conversación, cuyos intereses se desdoblaban en al música, el teatro, el cine, el libro, la literatura…», añade Mengual. Ese optimismo le impulsó a cuidar colecciones de humoristas, como el Monigote de Papel con Noel Clarasó, el grupo de «La Codorniz» -Mihura, Tono y De Laiglesia-, Edgar Neville o Gómez de la Serna. A Janés le debemos también, la apuesta por un joven Buero Vallejo y las colecciones de los Pulitzer y los Nobel. Entre sus alumnos aventajados, Carlos Barral, Jorge Herralde, Rafael Borràs, Esther Tusquets, Jaume Vallcorba o Andrés Trapiello. «Fue el mayor editor español del siglo pasado», señala este último. Janés, destaca Herralde, es el auténtico editor: «Alguien que configura un catálogo, lo vive, y deja sus huellas, más o menos en filigrana, a través de los libros que lo han seducido».

Janés se estrelló en un Alfa Romeo a 138 por kilómetros por hora. Estaba a punto de ampliar sus colecciones a los narradores rusos y sus autores acabaron integrados en a Plaza & Janés de Germán Plaza. Entre las necrológicas, la del novelista y amigo Tomás Salvador: «Comerciando parecía un fenicio, creando belleza un heleno; por su espíritu, un francés; tenía el instinto melódico de un italiano y el seny de un prócer catalán».