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Dos días y una noche inaugural

Si hay algo sencillo, mondo y lirondo en este mundo, eso es el cine de los hermanos Dardenne

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Si hay algo sencillo, mondo y lirondo en este mundo, eso es el cine de los hermanos Dardenne: sería, en lo fílmico, la versión juguete de la caja con ruedas...; pero, eso sí, la caja suele estar repleta. Y no suele ser precisamente la sencillez lo que busca cualquier gran inauguración de un Festival de cine, por eso es un doble acontecimiento que la Seminci haya conjugado la grandeza y la sencillez en su apertura de esta edición. «Dos días y una noche» es una cámara absorbente y persistente que acompaña a Sandra, una trabajadora que perderá el lunes su puesto de trabajo si durante ese escueto fin de semana no consigue que sus compañeros directos renuncien a una paga extra con la que su fábrica compensará la eliminación de esa trabajadora..., un dibujo a mano alzada de los efectos de la inquietante crisis laboral, y que nos habla no sólo del drama obrero, de la inseguridad, de la búsqueda de la solidaridad o de la necesidad de encontrar un lugar digno desde el que ver y vivir todo esto, también sugiere en esa «road movie» emocional por la que atraviesa Sandra esa situación a la expectativa del ser humano que necesita ver a su alrededor, saber lo que piensan y hacen los demás (cobijarse en los otros) para sostener también su decisión como individuo: la película es la búsqueda de Sandra, pero también las reacciones de sus compañeros, sus dudas y su curiosidad por saber qué harán los demás. El trabajo de Marion Cotillard es impresionante, su manera de despojarse de su natural «glamour» y encarnar con auténtica física la humildad y franqueza de su personaje, en un equilibrio asombroso entre lo frágil, lo tenaz y lo digno. Y muy impresionante es también el trabajo de los Dardenne, que conduce este drama social sin el menor tono panfletario aunque la lógica argumental y vital de la historia les permita un solo guiño temperamental más cercano a la nobleza y la autoestima que al sindicalismo.