El uso del idioma castellano sigue prohibido en Cataluña

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Ya hace tiempo que advertimos que el idioma castellano, lengua común de todos los españoles, incluidos los catalanes, ha sufrido en Cataluña su eliminación radical desde hace unos treinta años. Este triste y sistemático genocidio cultural se está llevando a cabo en toda la sociedad catalana, soportándolo principalmente los castellano-parlantes, por la aplicación de una dictadura silenciosa, incluso con sanción y multa al infractor. Yo lo sufrí en Girona, en el ámbito de la enseñanza. Defendí el bilingüismo de catalán-castellano para nuestros cinco hijos, cuando cursaban la Educación Básica y el Bachillerato.

Corría el año 1978. Defendíamos nuestro derecho constitucional. «Y en castellano también» figuraba en un texto escrito en azul sobre una pegatina redonda y blanca, con la intención que limpiamente pregonaba. Era el aviso evidente de que se estaba sofocando a la expresión sonora y clara castellana. Se pretendía acallarla porque la pegatina se había ido fijando en fachadas del centro de Gerona, próximas a los Centros de Enseñanza. Poco después, manos ocultas cubrían los inofensivos y audaces avisos en castellano, con un correctivo «en catalá y prou», eslogan de inconfundible sentido dictatorial.

Acogíamos el catalán como lengua entrañable de muchos familiares y amigos, y ya algo nuestra, pero no aceptábamos que se arrancara la lengua materna de la entraña de nuestros hijos.

Esto empezó en cuanto el Estado Español transfirió la Enseñanza Pública a la Generalitat de Cataluña. Primero, de forma solapada. Luego, de forma apremiante y coactiva. Hoy se ejercita descaradamente el genocidio cultural, que está a la vista de todos. También de los responsables y fuerzas vivas del pueblo español: políticos, gobernantes, instituciones y medios de comunicación, que han mirado para otro lado, con alguna honrosa excepción.

Algo está pasando en esta tierra de nobles promesas, capaz de legar su acervo cultural a más de cuatrocientos millones de habitantes, pero incapaz de moverse ante la expulsión violenta de nuestra lengua, de los diversos ámbitos de la sociedad catalana, en donde permanecen familiares y amigos muy queridos, algunos ya enterrados en la tierra acogedora de Cataluña.

Resulta muy extraño que las fuerzas vivas, las Instituciones y los medios de comunicación de España permanezcan al margen de este grave problema, que nos afecta a todos. ¿Acaso no pretende Valladolid ser sede del castellano, y defenderlo con ahínco en el mundp entero? ¿acaso no debe empezar esa defensa por nuestra propia casa?

Quiero dejar claro que amo profundamente a Cataluña y a sus gentes pacíficas; que allí nacieron tres de nuestros hijos, hablando y escribiendo perfectamente el catalán todos ellos. Yo mismo me formé y ejercí mi profesión en Cataluña, dejando obras públicas y evidentes de ello. Por eso lamento y detesto lo que está ocurriendo. Para evitárselo a nuestros hijos, hace casi treinta años y ante la sorpresa de no pocos, mi mujer y yo decidimos volver a nuestra recordada Castilla, sin tener que soportar la persecución del castellano.

Lo más importante es que sigue latiendo en toda la familia el cariño y el recuerdo hacia la Cataluña profunda, la auténtica. La Cataluña de las personas acogedoras de buena fe, que ven en el idioma la forma de entenderse con el semejante, ya que las personas sensatas usan la lengua como medio para comunicarse, no como arma para enfrentarse.

De todo ello se deduce la mentira lamentable que supuso la Alta Inspección de la Enseñanza, que fue expuesta por los políticos para no aplicarla.

Así, la Ley no vale para nada; sólo es papel mojado y burla para perversos.