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Aforismos felices

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Hace meses, los lectores de Castilla y León oyeron a Mario Pérez Antolín lanzar una afirmación dudosa o cuando menos extraña: se retiraba de la creación poética. No creí en semejante renuncia, pues uno de los autores más representativos de la antología Sentados o de pie, 9 poetas en su sitio era precisamente él y, además, con una filiación entusiasta y de continuidad impecable. Pero atando ahora los cabos sueltos a los lazos de un compañerismo auténtico, entiendo su determinación. Efectivamente, la recopilación que en 2010 se hizo de toda su obra poética sonaba a repliegue estratégico. Con la publicación en 2011 de su libro Profanación del poder, todos entendimos que el poeta cedía protagonismo al filósofo que siempre se solapó en cada uno de sus versos.

Con la reciente publicación de su libro La más cruel de las certezas -que prologa Victoria Camps y edita Ediciones Baile del Sol-, la evidencia casa con esa realidad que ya Goethe asumía como inevitable en la conciencia de un verdadero escritor: que «los pensamientos vuelven, las convicciones retoñan; los estados pasan irrevocablemente». Este libro de aforismos representa una apuesta sin retorno porque estamos hablando de una autenticidad que, posiblemente, ni el propio poeta había sospechado: «Seguramente -dice en una declaración sin red- yo debería haber sido otra persona, tal vez un jíbaro reductor de cabezas o un gentleman con chistera y bastón; pero me quedé en escritor... Ya no tengo otra alternativa que aceptarme, malvender lo poco que resta de mi patrimonio y esperar que nadie se parezca jamás a mí». En resumen: que resbalamos por el filo cortante de una historia nada complaciente y atípica que se llama aforismo.

Desde Hipócrates a nuestros días, el aforismo ha concretado la filosofía de lo breve en un mínimo de periodos pero con un máximo de ideas. Filósofos de todos los tiempos, científicos, místicos, artistas e incluso políticos, han acudido a esta síntesis del vuelo que evita argumentos inútiles para abordar problemas prácticos. Dicho así parece una simplificación más. Pero como género supone una senda tan restrictiva que sólo inteligencias bien dotadas dirimen de un plumazo la convivencia entre el conceptualismo más abstracto y la experiencia más vital. La inmensa mayoría de los aforistas no resiste una lectura amable: unos embarrancan con el ingenio y otros patinan con la verdad. Son contados los que logran hilvanar pensamiento y naturaleza a una razón cabal que prenda, además, en una belleza arraigada. Por esto mismo, la intensidad del aforismo suele hacer trizas las prospecciones del escritor más templado.

Ingrávida desenvoltura

En esta deriva lúcida e inmisericorde se afinca, precisamente, el aforismo que define el pensamiento compacto de Mario Pérez Antolín. Empezar la lectura de La más cruel de las certezas parece tarea fácil, pues da la sensación de entrar en una crónica de «ingrávida desenvoltura», como dice el propio autor. Pero la comodidad resulta ficticia de inmediato como ocurre en toda ciencia que no emplea el rodeo. Lo cierto es que al final se sale de cada aforismo -medio millar con temática variada y seductora- tocado y sin resuello. Primero, porque es imposible dejar su lectura sin interrumpir eso que llamaba Schopenhauer -uno de los aforistas más torrenciales y directos de la historia- la comprensión de un problema. Y en segundo término, porque la crueldad de esa certeza no es tan dramática como se piensa: coincide con las verdades «que todos huyen y por la que todos sufren» -dice su autor- y que Voltaire resumía como «una broma pesada» de la eternidad recurrente y de la cotidianidad más baladí.

El discurso filosófico de esta crueldad serena, que acoge Mario Pérez Antolín en su libro, y que divide metódicamente en seis partes, recorre las estancias básicas del conocimiento y de la condición humana. Nada ni nadie -ni siquiera el autor- se salva de esa rectitud desenvuelta y profunda. Extraña la tensión contenida de éste su segundo libro de aforismos. Hay en él una madurez y maestría trazadas con tiralíneas: cínico como el mejor Catulo, despegado de lo terrenal con la grandeza de Marco Aurelio, centrado en el hombre pero más allá de sí mismo a lo Montaigne, inquietante como la caña pensante de Pascal, despegado del peligro de vivir como Nietzsche, incómodo como un arrumaco existencialista de Schopenhauer y, al tiempo, de una serenidad rotunda como el Guillén más lírico que inquiere en las ontologías poéticas. Bienvenido al aforismo donde nada sobra y todo aprovecha si, como aquí, al pensamiento lo atraviesa una pasión cabal.