corazón de león

El milagro de Lois

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Está la Real Academia Española de fiesta para celebrar que en 2013 se cumplen los 300 años de su bautizo; y así rezan los programas de actos: 300 años, y no tricentésimo aniversario, que sería lo docto, o el CCC cumpleaños, que sería lo clásico. Pero ya se sabe que, de un tiempo a esta parte, los académicos de la Española se han puesto la modernez por montura y ahí andan, queriendo (que es gerundio) contentar a todas las Academias de la Lengua (en este caso es correcto Academia de la Lengua) que existen por el mundo hispano.

No hay día en el que el viejo bachiller que aprendió Ortografía en la escuela se sorprenda, e incluso se escandalice, con las nuevas normas que poco limpian, menos fijan y apenas dan esplendor al idioma español.

También la Academia está sumida en el cambio de época que desde hace unos años convulsiona el mundo mundial; tiempo éste en el que las brújulas no aciertan con el Norte, ni siquiera con el Sur. Y es en este rompecabezas de ideologías, de políticas, de valores, de sistemas…, en fin, en este caos invasivo, cuando surge un milagro, de improviso, como cualquier milagro que se precie: Lois. Y ha ocurrido en el tricentésimo aniversario de la Real Academia Española; y ha sucedido en la provincia de León, en un paraíso por nombre Lois, enclavado en la Montaña Oriental, al recio cobijo de los Picos de Europa, a dos metros de la nieve y a largos kilómetros de la hoy llamada civilización. ¡Ah, la civilización! En Lois, la civilización tiene más de tres siglos, pues este pueblo fue cuna en el siglo XVIII de alfabetización y cultura cuya enseñanza, pese a los angostos y salvajes senderos, se extendió no sólo por León, sino por la vecina Asturias.

Era el siglo XVIII, que conste; Picos de Europa, que conste; y un pueblo allí perdido en la geografía, pero ganado para la cultura, o sea, la civilización. Desde entonces, nunca hubo un analfabeto en Lois; es más, de allí salieron (y es difícil, aún hoy día, imaginarse cómo) Alonso Rodríguez Castañón Valbuena y Pedro Manuel Álvarez-Acevedo para ocupar, el primero, el sillón C de la Academia en 1717; y, el segundo, el sillón T en 1721; ambos, pioneros de esa Academia fundada en 1713 y que, por cierto, tuvo entre sus fundadores a otro insigne leonés, el bañezano Juan de Ferreras.

Lois es un milagro de la Naturaleza y de la Humanidad. Descubrir tal paraíso es un privilegio. Los académicos Luis Mateo Díez, Salvador Gutiérrez y José María Merino, así como el director de la RAE, José Manuel Blecua, tuvieron oportunidad de comprobarlo en el homenaje que este verano la Academia rindió al pueblo más culto del mundo hispánico.