corazón de león

El tren de Torre del Bierzo

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Hay tragedias que se marcan de por vida, como un hierro ardiente, en el pecho de las ciudades y pueblos que las sufren, y en los corazones de quienes nunca imaginaron que la muerte fuese tan traidora. Santiago de Compostela y su madre Galicia nunca, nunca más, olvidarán esa noche de víspera de fiesta cuando en la Plaza del Obradoiro las campanas de la catedral no repicaban, sino que doblaban. Sí, doblaban a muerto, por tantos muertos, por tantas vidas truncadas en esa curva de la muerte que parecía la feliz puerta del festivo Santiago, el último crucero del peregrino ferroviario con término en esa estación colmada de familias y amigos con los brazos dispuestos a abrazar a los suyos.

Hay tragedias, sí, que marcan ciudades y a generaciones. Ahora los medios de comunicación han recordado el mayor accidente ferroviario ocurrido en España; sucedió en León en 1944 y nunca se supo el número de víctimas mortales por mucho que ese moderno periodismo tertuliano hable de entre 500 a 800 muertos. Los leoneses saben, por esa huella que dejan las tragedias y por el filandón de los antepasados, que aquella fue la mayor tragedia de la historia ferroviaria: el tren correo de Madrid a La Coruña se quedó sin frenos y chocó con una locomotora dentro de un túnel en Torre del Bierzo. De aquel infierno, en aquella época, sólo queda el recuerdo, pues nunca se aclaró la concatenación de fallos humanos y mecánicos del mismo, como tampoco el número de muertos (entre 200 a 250, según los últimos estudios), que las cifras oficiales de entonces lo rebajaban a 78. Eran otros tiempos, sí, era la posguerra, sí; como era la época del tren, de los ferroviarios que día y noche conducían sueños e ilusiones. Como hoy, como siempre. Hasta que algo, o alguien, falla…