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Blanca Portillo borda las dudas de fe de María

Emotiva y con un lenguaje directo, Portillo se dirige a todos en un cuerpo a cuerpo, sin guardarse nada para sí

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“Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí;su nombre es santo,y su misericordia llega a sus fielesde generación en generación (...)”

Es el pasaje de Lucas 1,46-55, en el que María entona el ‘Magnificat’, uno de las por lo menos 15 citas donde los Evangelios se refieren de manera especial a la Virgen María, por boca de Mateo, Juan, Lucas o Marcos (el más sintético).

La rotundidad de afirmar que la Virgen es un personaje poco tratado y de mera comparsa, es obviar por completo su protagonismo en la Anunciación, verdadero origen del personaje y episodio fundamental del relato mismo que la da a conocer, pero no estamos aquí para valorar el texto literario que da pie a la función, sino ésta misma. Sin embargo, hay que decir que es fácil hacer de María una heroína pagana, que canta sus sufrimientos dando la espalda tanto al cristianismo como al judaísmo, y que elige adorar a la diosa griega Artemisa, si la situamos tan sólo a partir del hecho de la crucifixión, ignorando asimismo la posterior resurrección. No cabe duda de que esto es claramente menos arriesgado que escoger a Aisha, la segunda mujer del profeta Muhammad que aparece en más de 1.000 ‘hadices’ o dichos del Islam, para desvelarnos que quizás en la intimidad rezó a Zeus para liderar la batalla de ‘jamal’ o del camello, una de las más importantes de la historia árabe.

Y es que, al menos en fechas actuales (no procede recordar ahora el oscuro pasaje de la Inquisición española), no se conocen acciones violentas de parte de los cristianos por razón de blasfemia. (Por cierto que, sólo en el último año, han huido 120.000 cristianos de Mosul, Siria, despojados de sus posesiones y amenazados por ISIS). Es más fácil ser Colm Tóibín, brillante literato irlandés, de quien nadie duda a la hora de alabar la belleza poética de sus relatos, que llamarse Salman Rushdie y vivir amenazado fuera del país. Es más sencillo representar ‘El Testamento de María’ el Viernes de Dolor o la víspera del Domingo de Ramos en plena Cuaresma, que pasear un cerdo atado en medio de la Medina de Fez el día de la Fiesta del Cordero, o fiesta grande en la que se recuerda la voluntad de Abraham de sacrificar a su hijo. Pero, sobre todo, es más cómodo en los tiempos que vivimos. Por ello, podría parecer indiferente que ‘El Testamento de María’ no sitúe la acción en Palestina, sino en Éfeso, donde se hallaba el templo en honor de Artemisa como diosa madre, considerado una de las siete maravillas del mundo antiguo, y a la que se ofrecían sacrificios de sangre antes de las batallas; aún cuando tampoco haya nada demostrado sobre la autenticidad de la casa de la Virgen María en dicho lugar.

Lo cierto es que, a pesar de las visiones, reinterpretaciones o hipótesis varias, nadie duda de la versión hecha por el director Agustí Villaronga, y mucho menos del inmenso talento interpretativo de la increíble Blanca Portillo, un verdadero animal escénico que devora el monólogo de hora y cuarto que la coloca en el papel de una madre, como cualquier otra, que sufre la pérdida y está condenada a un duelo imposible porque, en su faceta más humana, no hizo nada para impedir el escarnio público y la muerte de su hijo. Vive la soledad mortificada por los recuerdos que le traen el pasado al presente con lágrimas perennes, en las que subyace esa pregunta que nada tiene que ver con la fe...¿Por qué...?

Representa a la María más humana, más carnal. Y para ello hay además claros elementos simbólicos sobre el escenario, como el agua, la mesa, la fruta o ese manto que la cubre y descubre y, sólo al final, la acuna para el descanso. María de Nazareth, una mujer sencilla presa de sí misma en una habitación que, a modo de retablo, representa su memoria viva, y que se rebela frente a todo cuanto, supuestamente, otros quieren contar. Emotiva y con un lenguaje directo, Portillo se dirige a todos en un cuerpo a cuerpo, sin guardarse nada para sí. Blanca lo da todo en escena para convencernos de su verdad. En conflicto consigo misma y carcomida por la culpa, reniega de todo hasta cuestionar su propio papel. Desgarrada por el dolor, parece no darse cuenta de que durante toda esa revisión de lo escrito en la que ella revive hondamente los hechos, en realidad, ha emprendido ya el mismo camino del perdón. Pero ahora, a sí misma.